sábado, 2 de febrero de 2008

CONSTITUCIÓN MEXICANA -primera parte-

Siendo febrero el mes en que México celebra la promulgación de su Carta Magna, justo es que los escritos de las próximas semanas sean dedicados a estudiar las Constituciones de 1824, 1857 y 1917, así como los "Sentimientos de la Nación" de José María Morelos y Pavón; textos históricos determinantes para las bases de la evolución legislativa y política de nuestro país; de igual modo, para abordar la necesidad o no de realizar modificaciones a nuestra Constitución actual y, finalmente, discutir un poco acerca del papel que juega una Carta Constitutiva en las naciones de nuestros tiempos.
Quiero hoy comenzar hablando de la Constitución de 1857. ¿Por qué no por la de 1824, primera en estricto orden cronológico? ¿Por qué no con la de 1917, Carta vigente cuyo festejo se lleva a cabo precisamente en este mes? La respuesta puede ser desconocida por muchos: porque la Constitución de 1857 también fue promulgada el día 5 de febrero, exactamente 60 años antes que la del Congreso Constituyente de Querétaro. Esto sólo puede significar una cosa: que hace un año, el pasado día 5 de febrero de 2007, se cumplieron 150 años de su promulgación. Fecha nacional en verdad importante, que fue digna de celebrarse y de ser mantenida en mente por los hombres liberales.
Siguiendo el ejemplo de sus antecesores de 1824, personajes tan importantes como Ignacio Ramírez “el Nigromante”, José María Mata, Ponciano Arriaga, Santos Degollado, Melchor Ocampo y Sebastián Lerdo de Tejada, encabezados por el mismo Benito Pablo Juárez García, deciden en 1856 integrarse en Congreso Constituyente para realizar a la legislación las reformas apropiadas, entre las que se encontraba el juicio de amparo que Manuel Crescencio Rejón había dejado inscrito en la Constitución de Yucatán de1840. Otra adición importante fue la declaración de las libertades de expresión, manifestación, asociación, trabajo y enseñanza, además de dejar instituido el verdadero principio democrático mediante tres puntos: exigiendo la elección popular de los Ministros de la Suprema Corte de Justicia; ampliando las facultades de la Cámara de Diputados como representantes del pueblo; y limitando las atribuciones del Poder Ejecutivo. Finalmente, es aquí donde se ve ratificada la “Ley Juárez”, que prohíbe a los tribunales militares y eclesiásticos tomar juicio en asuntos que no sean de su estricta competencia, a la vez que aparece la llamada “Ley Lerdo”, que funge como reguladora del papel que la Iglesia debía desempeñar dentro de la sociedad, desamortizando los bienes de las corporaciones civiles y eclesiásticas. Entre las medidas creadas por los Liberales con el fin de "desarmar el clero" se encontraban: 1.-Separación absoluta de los asuntos de la Iglesia y el Estado; 2.-Supresión de las corporaciones religiosas, cofradías, hermandades y congregaciones religiosas en general; 3.-Cierre de los noviciados en los conventos de monjas, para que ya no hubiese más religiosas; y 4.-Declaración de que pasaban a propiedad de la Nación absolutamente todos los bienes del clero.
Promulgada luego de un año de intenso trabajo, un 5 de febrero de 1857, bajo la divisa final de “Dios y Patria”, este documento abrió paso a la Nación hacia un nuevo mundo, más acorde con el progreso y la lucha ideológica que se venía llevando a cabo desde casi un siglo antes en todo el mundo, sobre todo en Europa continental y América del Norte. Parte integral del movimiento más amplio y complejo que ahora conocemos como Guerra de Reforma, la Constitución de 1857 puede ser considerada como la Carta Liberal por excelencia. Entre sus mayores detractores, representantes de los poderes Conservadores y Religiosos de la época, se encontraban los Generales Fèlix María Zuloaga y Miguel Miramón, quienes criticaban fuertemente los tratados como el de "McLane-Ocampo", realizados por los Liberales con el Gobierno Norteamericano, y se escudaban tras el alegato de que "siendo todos los habitantes de la Nación católicos convencidos, la promulgación y aplicación de las Leyes de Reforma y de la Constitución del 57 sólo beneficiaba y apoyaba a una minoría, y se convertía en un sacrilegio y en una falta de respeto a la moral y las buenas costumbres del País"- sin olvidar que, tanto Zuloaga como Miramón se desempeñaron, en momentos consecutivos, como "Presidentes Legítimos" de México desde la capital, actuando de manera paralela en tiempo y opuesta en ideas al Gobierno de Juárez establecido en Veracrúz-. Los enormes debates que surgieron alrededor de la Constitución del '57 en todo el país, los cambios en el rostro militar, religioso y político que se vivirían en México a partir de su publicación, y el número de Grandes Hombres que intervinieron en su creación hacen de éste uno de los documentos cimentadores de la Patria que ahora disfrutamos. A poco más de 150 años de su promulgación, los librepensadores le rendimos honores.
Pero la Constitución del '57 no ha sido el único documento que ansiaba establecer la gobernabilidad, la legalidad y la paz en nuestro país. El proyecto de Nación que en nuestros días disfrutamos nos viene de mucho más atrás. Los vastos sembradíos de libertad, garantías y legislación parlamentaria que en nuestros tiempos florecen—o intentan florecer— fueron regados generación tras generación con la sangre y las ideas de grandes hombres que buscaban dejar como legado un país verdaderamente soberano, un mejor lugar para vivir.
Treinta y cuatro años antes, el 7 de noviembre de 1823, posterior al derrocamiento de Agustín de Iturbide, el poder Ejecutivo convocó un Congreso integrado tanto por Conservadores como por Republicanos, para buscar establecer una nueva forma de gobierno que fuese distinta a la monarquía. Los Conservadores, integrados por los Borbonistas y los últimos Iturbidistas, pugnaban por establecer un sistema Centralista –es decir, fundamentado en un solo poder que mantuviese todo bajo control— mientras que los Republicanos defendían la idea de una organización Federal para el país –división del territorio en estados, y del gobierno en poderes delegados—. Por lo anterior, los debates fueron largos e intensos. Entre los Republicanos Federalistas destacados, podemos recordar a Miguel Ramos Arizpe y Valentín Gómez Farías, mientras que en el bando de los Conservadores Centralistas destacó Fray Servando Teresa de Mier.
La falta de unidad dentro del mismo Congreso Constituyente, aunada a la inestabilidad provocada por dos puntos de vista tan distintos de lo que podría ser el futuro de la Nación, impulsó a algunos estados a lanzarse a la lucha, además de incentivar la creación de grupos reaccionarios en Jalisco, Colima y en la capital misma, todo lo cual amenazaba con terminar con la tranquilidad y la transitoria estabilidad que el país estaba atravesando. Pero el carácter y la firmeza del poder Ejecutivo permitieron dispersar los motines y sofocar los levantamientos, logrando la captura definitiva de Iturbide en Tamaulipas y dando paso a la continuidad de los trabajos legislativos ya establecidos, con lo que los Federalistas del Congreso pudieron llevar a buen término su propuesta.
De ese modo, el 4 de Octubre de 1824 concluyeron los trabajos con la promulgación de la que se convertiría en la primera Constitución Política del México Independiente, misma que se veía fundamentada en la Carta de Cádiz, en el Plan de Iguala, en los Tratados de Córdoba, y sobre todo en “Los Sentimientos de la Nación”, valiosísima herencia que Don José María Morelos y Pavón dejara grabada dentro de su ideario para mantener vivo el principio libertario y las virtudes humanas aún después de su muerte; herencia de la que hablaremos más a fondo en una semana posterior.
Así nacía nuestra primer Carta Magna, obra de la verdadera lucha liberal y ejemplo de todo aquello cuanto son capaces de lograr quienes están dispuestos a morir por sus ideales. De estos valiosísimos textos -el de 1824 y el de 1857- miles de cosas más, mucho más complejas, se pueden escribir en cientos de páginas. Baste este pequeño resúmen como un rápido antecedente histórico, y para servir de introducción a los escritos que expondré en las próximas tres semanas.

sábado, 26 de enero de 2008

FRATERNIDAD: POR UN CONCEPTO POLÍTICO AMPLIFICADO

“El principio de la Fraternidad resulta una pauta
perfectamente realizable.”
John Rawls

En la Inglaterra de principios del siglo XVIII, las ideas del movimiento conocido como Racionalismo Iluminado comenzaron a inundar los corazones de los librepensadores de la época, siendo llevadas posteriormente hasta la Europa continental, particularmente a Francia, de donde nos llegaron como herencia con el paso de los años. Entre estos conceptos, los tres que cuentan con mayor peso y que por más de 200 años han funcionado como estandarte de diversos movimientos sociales, intelectuales o literarios son LIBERTAD, IGUALDAD y FRATERNIDAD, siendo éste último nuestro motivo de estudio el día de hoy.
¿Qué es realmente Fraternidad? ¿cómo la definimos? ¿la conocemos y practicamos en nuestros tiempos? Y, sobre todo, ¿tiene un concepto tan idealista como la fraternidad un peso intrínseco palpable y suficiente dentro de la sociedad y el mundo modernos? Como es debido, primero deberemos sentar un adecuado marco teórico, e histórico, sobre el cuál podernos desplazar.
La palabra “FRATERNIDAD” proviene del latín FRATERNITAS, que significa “Hermandad”, y que a su vez deriva de FRATER, que significa “Hermano”. Desde la Roma Clásica, este término fue utilizado para describir la relación entre individuos que fuesen hijos de los mismos padres, sin otro tipo de connotación. No es sino hasta el pleno surgimiento del Cristianismo provocado por Constantino, hacia mediados del siglo IV, que la idea de que “Todos somos hijos de un mismo Dios” se volvió generalizada, por lo que se hizo costumbre llamar a todo prójimo “Frater”. Todos Hermanos, hijos de un mismo padre trascendente. Es decir, el término originalmente limitado a la relación familiar rompió sus fronteras y se extendió a la totalidad de la humanidad.
Gracias a este suceso, incluso aquellos que no profesaban el Cristianismo comenzaron a llamar a sus seres queridos y a sus amigos más cercanos “Frater”; y una vez llegado el ápice de la Alta Edad Media, con el surgimiento de las primeras órdenes Monásticas Europeas, los miembros del Clero que pertenecían a las mismas fueron llamados “Frailes”, palabra que proviene de “Fray”, que a su vez se obtuvo por corrupción de “Frater”, es decir, “los Hermanos”. De igual modo, surgen las “Sores”, plural del término “Sor”, derivado de la corrupción de la palabra latina SOROS, que significa “Hermana”.
Pero la primera vez que la palabra FRATERNIDAD tomó la orientación y el significado con el que se entiende en nuestros tiempos fue el 5 de Diciembre de 1790, cuando el Diputado Robespierre presenta ante la Asamblea Francesa el más célebre de sus discursos, en el que sienta las bases para la formación de la Guardia Nacional, donde establecía que, siendo prerrogativa que todo aquel que obtuviese un bien debía hacerlo pensando en obtenerlo también para los que menos tienen, los uniformes de la Guardia deberían llevar bordadas en el pecho las palabras LIBERTAD, IGUALDAD y FRATERNIDAD, para que así nunca olvidaran su compromiso con el pueblo. A partir de ese momento no sólo los hijos de los burgueses, sino también los “canallas” o elementos de la parte explotada del pueblo, podían formar parte de dicha guardia para defender sus derechos y los de sus semejantes, siempre que contaran con más de 18 años y se encontraran físicamente íntegros. Así, se estableció la definición de FRATERNIDAD tal como la tenemos en nuestros tiempos: “Relación afectiva primariamente asociada al amor entre los miembros de la misma familia o grupo, donde nadie espera beneficiarse si no es que, con ello, beneficia también a los más débiles o desaventajados. Esta idea siempre deberá expresar la intensidad de un vínculo que puede ser motor de las acciones sociales altruistas”.
Con esto nos queda claro que FRATERNIDAD significa no sólo buscar mi bienestar, sino que, al mismo tiempo, buscar el de mis semejantes, en un ambiente de paz y concordia.
La FRATERNIDAD juega un papel fundamental, ya que es el único puente o vínculo que logra unir adecuadamente la LIBERTAD—entendida como potencial intrínseco del hombre o de los grupos humanos para autodeterminarse y decidir su rumbo en la vida, siempre que se cuente con los medios personales, sociales y materiales para desempeñar nuestro papel en el pueblo— y la IGUALDAD—que no significa que todos deben tener o hacer lo mismo independientemente de merecerlo o no, como es frecuentemente malinterpretada provocando el surgimiento de corrientes ideológicas como el Socialismo o el Comunismo, sino que todos debemos tener las mismas OPORTUNIDADES para llegar a obtener lo que deseamos de acuerdo con nuestras posibilidades y capacidades—.
Quiero dejar en claro que, cuando consideramos a la Humanidad en general como “nuestros Hermanos”, no lo hacemos como lo dictan los conceptos Teológicos de ninguna religión, ni lo hacemos porque sea nuestra creencia que todos somos hijos de la misma Divinidad. Mas bien, el concepto de Hermandad con la Sociedad tiene también su origen en otro pensador Liberal Francés: Francois-Marie Arouet, mejor conocido por su pseudónimo literario: Voltaire, quien hacia el año de 1734 dentro de sus “Cartas Filosóficas” dejó establecido que la Sociedad debía dejar de ser un rebaño acorralado por la Iglesia—a la que llamaba “la Infame”— para convertirse en un verdadero Taller de trabajo grupal, donde todos vieran por las necesidades y carencias de todos, constituyéndose así una verdadera gran familia, fortalecida por una verdadera Hermandad. Como vemos, en ese momento nació también el concepto actual que nos dice que la Humanidad es un Gran Taller, donde todos debemos Trabajar para obtener bienes generales, ya que es en el trabajo y en la necesidad donde los brazos de empatía y amistad se vuelven fuertes y sinceros.
Para finalizar este escrito, quiero hacer algunos comentarios acerca del estado y concepción de la Fraternidad en la filosofía política actual.
Nuevamente LIBERTAD, IGUALDAD y FRATERNIDAD. A todos nos es bien conocido que los grandes movimientos libertadores del mundo llevaban embebidos, de un modo u otro, los principios de la Ilustración Europea que posteriormente dio a luz al Liberalismo. Siendo así, vemos que las Constituciones, así como muy diversas Instituciones fueron erigidas sobre las Columnas de la Libertad y la Igualdad desde 1720 a la fecha. Pero, después de Robespierre, algo pasó con la Fraternidad en su aplicación dentro de los preceptos establecidos por escrito.
El Filósofo catalán Antoni Doménech, catedrático de la Universidad de Barcelona y especialista en temas de ética y filosofía política, hace en su libro “El Eclipse de la Fraternidad”, publicado en el año de 1989, un profundo estudio histórico para tratar de encontrar el punto en que la Fraternidad, como guía social que pudiese sustentar la formación de leyes, se perdió. Doménech llama a la Fraternidad “El pariente pobre de la tríada”, así como “la cenicienta de los valores democráticos” debido a que, a diferencia de sus compañeras de Terna, Libertad e Igualdad, ni siquiera está recogida en las sucesivas declaraciones de derechos humanos proclamados desde la Revolución Francesa. Establece que, desde el fracaso de la llamada “República de la Fraternidad” en 1848, fracasó también el ideario revolucionario fraternal que había venido dominando la escena política de la democracia europea durante décadas.
Partiendo de este punto, tanto Doménech como el filósofo norteamericano John Rawls en su obra “Teoría de la Justicia”, intentan rescatar a la Fraternidad del olvido político práctico para colocarla nuevamente en el pedestal que le corresponde, estableciendo que dicha FRATERNIDAD, aunque nunca apareció en el papel, “siempre se ha mantenido como determinante del actuar social desde la sombra y a distancia, logrando con su campo gravitacional que a su derredor gire el actuar democrático contemporáneo”.
Con todo esto, y luego de un largo análisis situacional, Doménech concluye que las instituciones democráticas deben estar fuertemente comprometidas en la tarea de hacer de la Fraternidad una tarea política, ya que así los recursos asignados a diversos sectores servirán para alentar el autorrespeto de todos los ciudadanos, y “logrando que la exigencia de Igualdad sea más que una exigencia formal”. De igual modo, Rawls llega a la conclusión de que todo conflicto de intereses dentro del grupo, que provoca leyes de escasez y demandas conflictivas que llevan a la desunión, puede resolverse de manera definitiva eligiendo un sistema social adecuado, basado en la idea de Fraternidad. Es decir, que si bien existen—y deben existir—diferencias entre los miembros de la sociedad, nadie deberá querer tener mayores ventajas a menos que las mismas favorezcan a los desaventajados, o a los peor situados. Así, este principio tan puramente humanitario se convierte, para Rawls, en “un sentido de amistad cívica y de solidaridad moral que incluye la igualdad en la estimación social y excluye todo tipo de hábitos de privilegios o servilismos”.
En conclusión, al estudiar la FRATERNIDAD nos encontramos no sólo ante un principio maravilloso del actuar filosófico que nos lleva a buscar la unión entre los pueblos, y tampoco únicamente ante la necesidad de entender a la Humanidad para hacernos uno con ella y llevar nuestros esfuerzos hacia el bienestar de la totalidad de los individuos. También nos encontramos ante el planteamiento de un problema social real, que en nuestras manos puede quedar el resolver.

sábado, 19 de enero de 2008

ENTROPÍA DE LA CIVILIZACIÓN

Y así sucedió. Hace poco más de seis años, un día martes 11 de septiembre de 2001, atestiguamos el ataque del que fue víctima el pueblo norteamericano. Miles de fallecidos, heridos incontables... cuatro aeronaves de dos de las compañías más fuertes de la nación americana secuestradas, supuestamente a punta de navajas y cuchillos, por hombres cegados por el fanatismo que entregaron su vida de forma suicida sólo con la finalidad de golpear al gigante mundial en los símbolos máximos de su poder: el Pentágono—paradigma del poder militar—; y las torres del World Trade Center—representativas en aquel momento del control económico—. Hipótesis diversas, de las que la mas aceptada adjudicó el origen intelectual del ataque a grupos fundamentalistas Afganos, terroristas resentidos por la continua intervención norteamericana en los conflictos y negocios del Medio Oriente, y que los acusaban de mantener intereses sólo a favor de su propio Imperialismo.
Desde ese momento llegó a mi mente, tal vez por una lógica inconsciente, un solo concepto: Entropía.
La Entropía no es otra cosa que un principio físico, matemático y estadístico que afirma que, dentro de todo sistema, grupo o conjunto ordenado, siempre habrá una medida de desorden o caos interno, amenazando con romper dicha secuencia, y mientras mayor sea el orden reinante, mayor presión se ejercerá sobre el desorden interno, hasta que dicho caos domine el sistema, superando al orden primario, obligando al conjunto de elementos a destruirse y regresar al punto de origen. Todo sistema en movimiento tiende a frenarse paulatinamente, hasta que llegue la inmovilidad absoluta, y con ella, el fin de ese sistema, el regreso al principio. Todo sistema en expansión, mientras más crece, más riesgo tiene de colapsarse. Todo aquello que contiene o produce calor o energía, tiende a enfriarse o apagarse. En resumen: a mayor orden, mayor tendencia al caos; mientras más complejo y organizado sea un sistema, más tiempo, trabajo, medios y energía serán necesarios para mantenerlo de ese modo y, por lo tanto, los riesgos de que ese sistema caiga o sea destruido aumentan con el paso del tiempo. Es como construir un castillo de naipes: mientras más grande y alto es, más hermoso y ordenado nos parece… pero a la vez, mayor es el riesgo de que el más mínimo soplo o movimiento nos deje con nada más que un montón de barajas regadas sobre la mesa.
Y no estamos hablando de fatalismo, magia o misticismo... todo es un principio científico bien fundamentado con años de investigación: es la relativamente nueva matemática del caos, respaldada por la sociología, la mecánica cuántica, la astrofísica, la filosofía, la ciencia política, la química, la física, la biología…
Siendo así, vemos que este principio es aplicable a cualquier sistema: al universo en expansión—destinado a un probable “Big Crunch” o colapso—, al cuerpo humano—que ha de envejecer—, a las fuentes de energía—que han de agotarse—, a los ecosistemas— que en algún momento pierden su equilibrio— y, desde luego, al centro de nuestro estudio en estas Tertulias de Filósofos: la Sociedad.
Ahora bien, una vez aclarado el concepto de Entropía, establezcamos algunas referencias históricas.
¿Qué denota civilización en un pueblo? Su teoría económica, su crecimiento laboral, su peso internacional, su fortaleza armamentista, su industria, su comercio, su crecimiento artístico y cultural, sus tratados internacionales, su legislación, el manejo de su ciencia política y su desarrollo científico y tecnológico, entre otras.
¿Qué trae como precio lógico a pagar dicha civilización? Suicidio, racismo, xenofobia, angustia, depresión, fanatismo, intolerancia, ambición, violación, asalto, violencia, imperialismo, frialdad, soledad, pérdida de identidad como pueblo, olvido del origen común, estratificación social e importantes desequilibrios en la escala de valores. Paradójicamente, todos los conceptos opuestos a los que supuestamente la civilización pretendiera englobar y representar. A mayor crecimiento de la masa social, menor control se puede mantener sobre la misma. El sistema pierde su equilibrio en un momento dado.
Remontémonos a la Antigua Roma. Nos encontramos ante una civilización que forjó las bases del derecho actual, que se distinguió por su avanzado sistema político, sus servicios públicos, su gobierno, su arquitectura. Una civilización donde las ciencias se unificaron para impulsarla como dueña del máximo poderío económico y, desde luego, militar de su época. Pero también vemos un pueblo que con el paso del tiempo se convirtió en el centro mundial de los vicios. Personas que hicieron de los misterios antiguos nada más que salvajes orgías sin sentido. Un pueblo que fue devorado por el poder, y esclavizó y destruyó las culturas más sabias. Centuriones que asesinan a los grandes filósofos, como Arquímedes, sólo por ignorancia. Vemos a los gobernantes controlar al pueblo con sobornos, y con un Coliseo en el que todos podían gritar y aplaudir mientras los leones devoraban al esclavo. El mismo pueblo se volvió desalmado, y exigía a sus emperadores más territorios, más guerras, más riquezas, sólo para demostrarse a sí mismos que dominaban el mundo conocido.
¿Nos suena familiar? ¿No es lo que sucede con el pueblo norteamericano, que sólo vive orgulloso de sus guerras y su poder económico? ¿Qué otra cosa podíamos esperar para el futuro de un país, donde su propia bandera puede ser utilizada para limpiarse los pies o hacer ropa interior; donde el día en que festejan su independencia se dan asesinatos múltiples y se queman por diversión sus símbolos nacionales; donde una familia de color despierta con una cruz en llamas en su jardín, o donde un grupo de “Panteras Negras” ataca a niños de tez blanca o latina sólo por rencor? ¿Un país donde se tortura y explota física y psicológicamente a los inmigrantes sólo para abusar de su necesidad económica? ¿Un país donde hay una violación cada 5 minutos, y un suicidio cada 3? ¿Un país donde la globalización y el imperialismo han logrado que la gente valore el dinero y el poder sobre cualquier cosa; donde la moral decae ante las comodidades día con día, donde no existe—y difícilmente existirá—unidad como pueblo? ¿De un país donde, tristemente, la democracia dirigida nunca va a resolver la falta de identidad y el olvido que sufren miles de individuos desde la infancia; donde todo se convierte en control o competencia? Pero creo que aún no he dejado claro mi punto al tratar de entrelazar sociedades y entropía.
Entropía y civilización. Principio de desorden latente, guardado en el seno de los sistemas más estructurados de la sociedad.
Regresemos nuevamente con nuestra memoria hacia aquellos momentos e imágenes del once de Septiembre de 2001. ¿Calificamos como horrible un atentado terrorista de la naturaleza del que sufrió nuestro vecino del norte? Indudablemente. Nada justifica una conducta tan reprensible, intolerante y fanática. Nada valdrá nunca lo suficiente como para sacrificar miles de vidas inocentes, se trate de un ataque externo o –como se manejó después— de un autoataque premeditado con el fin de desatar las pasiones del pueblo en pro de un gobierno Republicano dominante y dogmático. No existen actos más cobardes en la historia como lo son los creados por las mentes del terrorismo. Pero no olvidemos que los gobernantes de los Estados Unidos han realizado –y continúan realizando— a lo largo de su historia acciones similares en regiones como Irak, Irán, Afganistán, Hiroshima y otras tantas que se han visto atacadas de manera inesperada, y por motivos injustificables. Y es en este punto donde nos preguntamos: ¿Fuimos acaso, o seguimos siendo testigos del cumplimiento de la Ley del Talión? ¿O ya olvidamos que Bin Ladin fue el líder de la resistencia Afgana que obtuvo el total apoyo militar y económico de los Estados Unidos durante la lucha contra la invasión de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, en una época sumergida en la guerra fría, a mediados de los años ochentas?
Como vemos, los grupos humanos, como todos los conjuntos de elementos, como todos los sistemas, mantienen guardada una tendencia a la entropía. Mientras mayor sea el grado de civilización que alcancen, con mayor frecuencia se seguirán sacrificando unas bases por otras, hasta que sea el propio caos interior lo que derrumbe los cientos o miles de años de esfuerzo y trabajo. Pero insisto, no significa que esto sea malo. Todo en el universo sigue ciclos que deben cumplirse. Y los grupos humanos deben cumplir los caminos de la evolución que sus propias decisiones han trazado. Recordemos lo que sabiamente cita el texto Hermético del Kybalión en su Principio de Causalidad: Toda causa tiene su efecto, todo efecto tiene una causa que lo antecede.
Así, con una depleción moral de esta naturaleza, con esa pérdida de identidad nacional, con una economía en recesión y con el primer acto terrorista en su territorio, vemos todavía en la cara de sorpresa y en las actitudes políticas cada vez más agresivas de los Estados Unidos que ningún Goliat es invencible.
Prestemos atención; seamos observadores y aprendamos de los errores ajenos. Ahora la Comunidad Europea, China, la India, Brasil y Japón están despegando en esa carrera inevitable del despunte de las civilizaciones, mientras que muchos expertos a lo largo de todo el mundo coinciden en afirmar que Estados Unidos está viviendo sus últimos momentos como la Nación Hegemónica, Imperialista, Impositiva y Totipotencial que conocemos, hija ùnica de aquella multicitada Doctrina Monroe—que tan destructiva huella ha dejado a su paso a través de casi toda nuestra América Latina—.
Los ejemplos están sobre la mesa, y tal vez, sólo tal vez, la entropía esté comenzando a manifestarse. Quizás con su inagotable cacería de culpables y de enemigos ideológicos—entre los que ahora se encuentran también Naciones como Venezuela, Cuba, Bolivia, Irán y Palestina—, la poderosa civilización norteamericana esté dando el primer paso hacia su caída, la cual, no importa que sea en uno o cien años, indudablemente llegará.

miércoles, 2 de enero de 2008

EL POETA DE TIERRA

El poeta de tierra hundió profundo sus dedos en el propio pecho. Estaba amaneciendo, y el aroma de la vida que se escapa con cada suspiro se quedó fuertemente agarrado de su nariz. El día comienza. El cielo comienza. El canto comienza. Le fue fácil aceptar el despertar, sus largos años le habían enseñado que todo tiene un principio y un final.
Se vistió con la calma de la que es capaz aquel que ha perdido el miedo a los sonidos de lo inmóvil, y se sacudió los restos de noche que se habían quedado dormidos sobre él. Dando pasos casi imperceptibles, difuminados uno a uno con la luz de la mañana, se acercó al umbral del recuerdo hueco que habitaba—¿dónde más, si no ahí, podría vivir un buen poeta?—para asomarse al mundo, que en ese momento no tenía nada nuevo que decir.
El poeta de tierra sintió entonces su cuerpo: era un buen cuerpo, arenoso y húmedo, tibio y pastoso, amable. Hecho de la hojarasca que no se pierde con el viento. Y cada hoja era una memoria, cada memoria una palabra, cada palabra una hija lejana que lo abandonaba con cada nuevo escrito resignado. Así era su cuerpo. Y le gustaba. Aunque ocasionalmente le dolía, como pasa siempre con las memorias que nos metemos en el cuerpo para llegar a ser.
Pero fuera de las brevísimas interrupciones de la nostalgia, su vida seguía como agua que sale de una oxidada toma callejera: tranquila y sucia a la vez. Predecible. Casi monótona. Siempre le divertía fingir sorpresa en los momentos apropiados. Creía firmemente que en eso radicaba una pequeña parte del secreto del ser feliz. Secreto que aún no era suyo del todo, pero que alcanzaba a adivinar cada vez que sus páginas se convertían en grullas de papel para salir volando por la ventana—si es que los recuerdos cuentan con tal cosa—, buscando manos necesitadas de un poco del anhelo perdido.
Y es que, para él, en eso debía consistir el trabajo del poeta: en la narración de los misterios de las rocas, en la construcción de letras que se perdieran en voces diferentes, en la descripción detallada de cada uno de los ladrillos que alguna vez conformaron la casa de las infancias perdidas, y en el deshojar de las flores que nunca crecieron cerca de él. El poeta debía intuir la caricia, pensar el vacío, decir los silencios y contar los cuentos del mundo que para su desgracia nunca dejan de escribirse. Cada poema se convertía, en manos del poeta, en historia cotidiana no pedida, en crónica de un destete inacabado. Y así aceptaba que fuera. Cronista antes que historiador, historiador antes que poeta pero, muy a su pesar, poeta. Todavía poeta.
Aquel día él era una sombra tenue, un grito bajo la penumbra del tiempo, una pintura impresionista del hombre que alguna vez fue. Sus manos, puntillismo elegante de polvo con incienso, trazaban senderos cada vez que levantaba el brazo, y sus pies de arena mojada contrastaban con lo seco y ahora desgranado del lugar donde alguna vez sus ojos se pudieron ver. Apaciblemente, y sin lágrimas posibles, decidió sentarse a descansar. Minuto a minuto las nubes se juntaron sobre su cabeza, y el ambiente se impregnó rápidamente con la angustiante sensación de los momentos que se van.
Así empezó a llover, y el poeta de tierra se disolvió en esencia de sí mismo, en colores de bruma que se entregan sin lucha a la corriente, y su recuerdo protector se hizo cada vez más pequeño, hasta poder esconderse temeroso en la palma de la mano. Ambos durmieron, y se hablaron largo tiempo en el oído, y su abrazo no dejó de tejerse sino hasta que el penetrante aroma de un nuevo rocío los despertó.
Cenizas en cenizas, lodo en lodo. Tintas y papeles blancos como huellas últimas del sacrificio incuestionado. Nadie estuvo ahí cuando el poeta de tierra entregó su cuerpo al resto de los cuerpos que se van.

sábado, 8 de diciembre de 2007

BREVE HISTORIA DE UNA TRADICIÒN NAVIDEÑA

“En cuanto a la señal de su nacimiento: vendrán de Oriente con una estrella más luminosa que el sol(...), ya que no se tratará de una estrella sino de un ángel de Dios”.
-Evangelio Apócrifo Árabe de la Infancia de Jesús (fragmento)

Éstas son fechas distintivas por los festejos y tradiciones que las rodean, y justo es dedicar un par de espacios a las vivencias y emociones que en estos momentos llenan las mentes y corazones.
Y si de tradiciones hablamos, pocas más mexicanas durante estos días de diciembre que la celebración de una pastorela: representación de las peripecias que sufren los pastorcillos para llegar hasta Belén con sus obsequios y deseos de adoración para un recién nacido niño Jesús, no sin antes haber sorteado las trampas y engaños de un demonio malicioso que trata de desviarlos de la senda; todo esto salpicado de bromas y situaciones humorísticas que llevan de la mano al espectador hasta un bien sabido desenlace.
Pero, ¿cómo surge la tradición de la Pastorela? Revisemos la historia: De entre los muchos Evangelios escritos durante el Cristianismo Antiguo, sólo cuatro resultaron finalmente elegidos para fungir como Canónicos –es decir, auténticos o legales— bajo el mandato del Emperador Constantino en Roma, y fueron los de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Ahora bien, de entre estos cuatro, sólo dos describen la concepción y el nacimiento de Jesús en un pesebre –Mateo, en forma muy superficial, y Lucas—, ya que los otros dos no hacen mención de la infancia en ningún momento. Y aún así, sólo el Evangelio de Lucas en su capítulo segundo habla de cómo recibieron los pastores la “Buena Nueva” –que en griego se escribe Eú Angelión, es decir, Evangelio— y de cómo siguieron éstos el llamado para buscar a su señor. Y ya de los Evangelios no reconocidos por la Iglesia Católica como oficiales o auténticos –los famosos Apócrifos— sólo el llamado “Evangelio Árabe de la Infancia”, escrito hacia el siglo IX d.C. describe el nacimiento de Jesús en una cueva, presenciado por una anciana, quien se sorprende al ver que el niño, en plena noche, “brilla con una luz tan hermosa como el fulgor del sol”. Eso es lo que está en los textos, al alcance de todos.
Pero comencemos por recordar un punto importante: en los pueblos de la antigüedad el número de personas que sabían leer y escribir era muy contado: sólo los sacerdotes y los miembros de la realeza -con excepción, claro está, de los fenicios, donde todas las clases sociales dominaban la escritura comùn gracias a su intensa actividad comercial-. Así, la única manera con la que las Castas Religiosas contaban para comunicar al pueblo el contenido y las leyendas de sus Libros Sagrados no podía ser otra sino la narración oral, misma que se llevaba a cabo en las esquinas, templos y mercados, y que con el paso de los años se enriqueció con la representación actuada, donde un personaje simbolizaba al bien y otro al mal, para hacer más fácil la comprensión del mensaje. Y esto continuó una vez nacido el Cristianismo, e incluso se mantuvo como práctica hasta etapas muy tempranas del Renacimiento cuando eran los poetas y los monjes viajeros quienes llevaban el mensaje hablado de salvación a los pueblos y ciudades de la época, tanto para ricos como para pobres.
Gracias al drama, las imágenes empiezan a valer más que mil palabras. Y si estas imágenes además van acompañadas de cantos, narración y movimiento, su capacidad de impactar sobre las emociones de quienes las admiran se vuelve casi total.
Pero esta idea no es del todo original del Cristianismo. Muchos siglos antes de que éste último naciera como religión, otros grupos utilizaban ya esta vía de enseñanza y revelación. Los representantes de las religiones del Medio Oriente antiguo, como los cultos a Baal y a Moloch entre Asirios y Babilonios, y posteriormente al dios Mitra en Persia y Roma, echaban mano de la actuación para hacer llegar sus mensajes sobre la creación y la destrucción del mundo al pueblo, en su mayoría compuesto por agricultores y ganaderos, y en menor medida por alfareros, soldados y albañiles. Y es ya más tardíamente, también en Persia, que con el nacimiento del Mazdeísmo –o Zoroastrismo por su fundador, Zoroastro o Zaratustra— que las ejemplificaciones de las luchas entre el Bien y el Mal, entre Luz y Tinieblas, entre un “Ángel” y un “Demonio”, nacen en las esquinas de las plazas y Templos para dejar en claro a la población que estos dos principios opuestos existen y que es deber del hombre seguir siempre al más noble y puro de ellos: la Luz, la Gran Luz, la Verdadera Luz. Y los Griegos, varios siglos por delante, en sus cultos conocidos como “Misterios” hacían gala de majestuosas escenificaciones para expandir los mensajes de salvación y en las que ya podemos encontrar que símbolos como la vid, el olivo, el vino, el trigo y el muérdago eran ya considerados elementos sagrados. Como ejemplos tenemos los Misterios de Dionisio, de Orfeo y de Eleusis, de los cuáles tanto Romanos como posteriormente bárbaros nórdicos invasores tomaron símbolos y ritos para enriquecer sus cultos, los que se expandieron por toda Europa.
El Cristianismo, en sus años más tempranos, seguía también sus misterios para comunicar el Evangelio de manera actuada a unos pocos elegidos –primero a los Apóstoles, luego los Catecúmenos—, quienes recibían la enseñanza en secreto, escondidos en catacumbas, criptas subterráneas bajo templos de otras sectas y religiones, y cuevas. Pero en la Edad Media, con la “reglamentación” del Cristianismo y el nacimiento de los sacerdocios, el mensaje, la Buena Nueva, se vuelve patrimonio de toda la humanidad, por lo que las escenificaciones con motivos bíblicos, y particularmente las que enseñan el nacimiento del Cristo y la lucha entre los Arcángeles y Lucifer comienzan a llevarse a cabo en todas las ciudades.
Y en México, inmediatamente después de la primera conquista española –la de las armas— se vivió la inevitable y aún más profunda segunda conquista: la espiritual, la de la fe. Ésta no iba a lograrse por la fuerza: se daría por el convencimiento, por la suplantación de Dioses y lugares religiosos, y sobre todo por la representación, haciendo partícipes del drama a los pastores y agricultores indígenas, y haciéndoles sentir que su presencia es fundamental para que el mensaje de Jesús siga transmitiéndose de generación en generación. Nace así la pastorela, tradición que se disfruta en México desde los tiempos coloniales y que seguimos disfrutando en los albores de este siglo XXI.