sábado, 20 de septiembre de 2008

ESPERANZA Y SOCIEDAD

Cuenta la vieja leyenda griega que, cuando Prometeo traicionó a los Dioses del Olimpo y les robó las semillas de Helios -el sol- y los secretos del fuego para entregarlos a los hombres, permitiendo a estos últimos desarrollar la agricultura y otras técnicas que les ayudarían a sobrevivir, el Dios Zeus montó en cólera y decidió vengarse, enviado un castigo ejemplar tanto al traidor principal como al resto de la humanidad.
Primero, a Prometeo lo capturó y lo mandó encadenar a la cima de una montaña, para que los buitres lo devorasen vivo. En cuanto a los hombres, el castigo fue el siguiente: Zeus ordenó la creación de una mujer que fue llenada de virtudes por diferentes dioses. Hefesto la moldeó de arcilla y le dio forma; Atenea le dio su ceñidor y la engalanó. Las Gracias y la Persuasión le dieron collares, las Horas le pusieron una corona de flores y Hermes puso en su pecho mentiras, palabras seductoras y un carácter voluble. Esta mujer maravillosa recibió el nombre de Pandora, y fue ofrecida como regalo de los Dioses al humano Epimeteo.
Antes de ser capturado, Prometeo había pedido a Epimeteo que no aceptara regalo alguno de los Dioses, por sublime que fuera; pero al ver Epimeteo la perfección y los dones de Pandora no pudo resistirse y la recibió, tomándola después como su esposa.
Hasta este momento, los hombres no conocían el dolor ni la enfermedad. Se vivía en un estado de continuo bienestar y trabajo comunal. Pero un día, mientras Pandora se encontraba recogiendo frutos en el bosque, los Dioses se encargaron de que encontrara un ánfora de barro sellada -la traducción "caja", conocida por casi todos, es incorrecta, y surgió de una imposición de la iglesia medieval; "ánfora" es el término correcto- en la que estaban contenidos todos los males y aflicciones. Al tomarla entre sus manos, Pandora escuchó una voz que le indicaba no abrir dicha ánfora por ningún motivo, así que la llevó consigo hasta su casa.
Varios días resistió Pandora sin abrir el ánfora, pero conforme pasaba el tiempo surgían de la misma voces cada vez más fuertes pidiendo auxilio, suplicando que las liberacen. Finalmente derrotada por su natural curiosidad, Pandora abrió el ánfora, liberando todas las desgracias humanas -Vejez, Enfermedad, Fatiga, Locura, Vicio, Pasión, Plaga, Tristeza, Pobreza, Crimen-, por lo que rápidamente la cerró de nuevo, dejando sólo en su interior a la Esperanza. La interpretación más común de esta leyenda es la que dice que, al final de todos los males, no todo en el hombre está perdido: todavía le queda la Esperanza -la famosa frase de "la esperanza muere al último" surge de esta interpretación de la leyenda-.
Pero no todos han estado siempre de acuerdo con esta forma de ver las cosas. Muchos expertos en literatura clásica griega, e incluso varios filósofos, afirman que si la Esperanza se encontraba en el ánfora es porque también es un mal para el hombre -y no se trata de un mal cualquiera: si se encontraba al fondo de todos los demás es porque la Esperanza era el mayor de todos los males-. La obvia pregunta inmediata es: ¿por qué cualquiera diría eso? ¿en qué momento se convierte la esperanza en un daño para el hombre? La respuesta que nos dan estos pensadores es: porque la Esperanza nos hace pensar que, en un futuro, mágicamente todo estará mejor. Y al pasar el tiempo, y ver que todo sigue igual -o peor-, vienen las más grandes decepciones y tristezas. Es la raíz de las promesas no cumplidas de la raza humana. La esperanza nos hace, como su nombre lo indica, "esperar" del mundo, de las personas, del tiempo, de Dios o de las sociedades un bien futuro que no acaba por llegar. Nos vuelve dependientes de un gran número de factores que siempre quedan fuera de nuestro control, y que casi siempre nos llevan a toparnos de frente con el sólido muro de la realidad. En el individuo, la esperanza se manifiesta en forma de Deseos, en las sociedades toma forma de Utopías, y en la historia la encontramos unida a la ciencia bajo el tentador título de Progreso.
Las utopías sociales más famosas, como son las de Platón -en su "República"-, San Agustín de Hipona -en la "Ciudad de Dios"-, Tomás Moro -en su homónima "Utopía"-, Francis Bacon -en "La Nueva Atlántida"-, o Karl Marx -en "El Capital"-, así como los movimientos Racionalistas o Iluministas europeos y latinoamericanos surgidos entre los siglos XVIII y XIX son claros ejemplos de una filosofía política fuertemente basada en la esperanza. Todas ellas se caracterizan por mantener un punto en común: creer que, en algún momento, el hombre comprenderá los errores cometidos, convirtiéndose a través de la fe, la educación, las instituciones del Estado o la ciencia -según el momento histórico del que se hable- en un guardián de la moral y del comportamiento grupal ejemplar, con lo que las sociedades se convertirán por motu propio en grandes y pacíficos talleres de trabajo, donde las leyes y los castigos dejen de ser necesarios, donde las guerras, las envidias y el crimen dejen de existir, llevando así a la humanidad entera al momento del florecimiento y la perfección merecidos.
Tristemente, la verdadera cara de la Naturaleza Humana ha mostrado ser mucho más compleja de lo que estas corrientes y pensadores pudieron llegar a considerar. No basta la fe, no basta la educación, no basta la ciencia: siempre queda algo impredecible dentro de cada individuo que logra impedir la evolución completa de sus ideales. Si en el momento en que vivimos, 2400 años después de los grandes pensadores de la Atenas clásica, y 300 años después del surgimiento de la idea del Progreso, las normas y sanciones siguen siendo necesarias, y las guerras y conflictos internacionales siguen sucediendo, es porque la esperanza no es suficiente para explicar el comportamiento de los grupos humanos. Es porque, tal vez, nos mintió quien nos dijo que con sólo mantener la esperanza era suficiente para llegar a un lugar mejor. Por esto, el siguiente punto es importante: quienes enseñan sobre Utopías y Esperanza en las escuelas -o en cualquier grupo de estudio- generalmente olvidan mencionar lo fundamental: que sin el Trabajo, la Esperanza por sí sola no vale nada. Es a través del Trabajo, de la lucha cotidiana, del esfuerzo constante, del estudio incansable, que los deseos puestos en las manos de la Esperanza llegan a realizarse. Es por eso que, para muchos, la esperanza es más dañina que benéfica: porque se pasan la vida entera esperando a que las cosas sucedan... pero nunca mueven un dedo para que éstas se den. La Esperanza, por sí misma, sólo puede crear ociosos. Es sólo a través de su unión con el Trabajo que puede verse por completo realizada. La verdadera fórmula del Progreso es Esperanza+Trabajo. Y es ahí donde han fallado las Instituciones Sociales: han acostumbrado a los pueblos a recibir promesas, mas no los han enseñado a trabajar para obtenerlas. El ocio político se convierte en Demagogias, que sólo crean sociedades perezosas y demandantes. Todo estará mejor, siempre y cuando nos esforcemos porque todo llegue a estar mejor. Sin esfuerzo, nada sucede.
Pero el estudio de la esperanza, tanto como principio del actuar individual como en su calidad de fundamento de las instituciones sociales, no se ha dado aún por finalizado. Todavía quedan grandes pensadores -muchos del siglo XX, algúnos todavía vigentes en el XXI- que tratan de rescatar el ideal de las Utopías grupales, y de desentrañar con calma el verdadero papel que conceptos como Trabajo, Esperanza o Progreso juegan todavía en los grupos humanos. Un ejemplo de ellos lo fue Ernst Bloch (1885-1977), pensador alemán que en su obra "Espíritu de la Utopía" nos dice que la sociedad no debe esperar a que las condiciones de cambio lleguen por sí solas, sino que somos los individuos que la componemos quienes debemos buscar crear dichas condiciones, incluso a través de acciones de tinte revolucionario. Esto, por supuesto, necesita de una visión nueva del hombre, de la sociedad, de la ética, de la cultura y de la esperanza. Esta última, en los pueblos, se convierte en lo "todavía no devenido" -nocht-nicht-gewordene-, lo que permanece aún en ese estado de utopía que, mediante las revoluciones, las posibilidades reales, los materiales, las artes plásticas, la música y el esfuerzo del trabajo, finalmente llegará a ser: se convertirá en realidad.
Todavía queda mucho por decir de la esperanza. Ésta no es sólo un término religioso o filosófico-humanístico abstracto e idealista, sino que es posible convertirla en un principio de acción real, en un impulso para el bienestar personal y grupal, siempre y cuando se le mantenga unida al esfuerzo cotidiano, a la lucha social, al trabajo comunal, al crecimiento individual y a la reestructuración de los sistemas, tan necesaria en los tiempos que vivimos. Todavía quedan por venir muchos pensadores y filósofos de la esperanza y la utopía, y todavía falta mucho para que el hombre alcance el punto de evolución histórica con el que siempre ha soñado.

lunes, 15 de septiembre de 2008

LAS REVOLUCIONES POSIBLES

Siguiendo en forma ascendente la cadena de eventos que lleven a una sociedad hacia la Libertad verdadera, y retomando escritos anteriores que habían quedado en el tintero, nos encontramos con un esquema como el siguiente: cuando al individuo se presenta una necesidad, mueve su Libre Albedrío —su Voluntad, sus Deseos y sus Medios—con el fin de satisfacerla. Al intentar hacerlo, la sociedad en la que se desenvuelve se encarga de recordarle que sus deseos no son absolutos, y que se encuentran limitados por los principios impuestos por esa misma sociedad. Así, surgen conceptos tales como el Derecho y la Justicia, que funcionan como reguladores del actuar personal dentro de un grupo determinado, impidiendo que un solo individuo convierta su Libre Albedrío en libertinaje, con lo que lesionaría su entorno social.
Con el surgimiento y ejercicio de estos principios de Derecho y Justicia se integra una Legislación—conjunto de leyes y normas—, y cada uno de los individuos del grupo cede un cierto número de sus decisiones y libertades personales a un grupo mayor que tiene el fin de integrarlos y organizarlos a todos, buscando lograr el mayor bien común de acuerdo al consenso. Surge así el Estado, que echa mano de múltiples elementos conocidos como Instituciones para organizarse internamente, para atender las demandas de cada persona o de sus representantes, y para relacionarse con otros Estados similares. Este Estado es dirigido y coordinado mediante una Forma de Gobierno particular, la cuál se decide según sea la relación entre el dirigente y el pueblo. De entre estas formas de Gobierno, aquella que se caracteriza por permitir que sea la sociedad en conjunto quien tome la mayor parte de las decisiones para impedir los abusos del poder es conocida como Democracia, definida como esa búsqueda grupal de una Libertad Igualitaria, es decir, Libertad fundada en la Igualdad. Y al ser -en teoría- el pueblo el guardián de sus Libertades, principios, leyes, y decisiones, sin presión o coerción por parte de grupos ajenos o Naciones extranjeras, surge un nuevo concepto: Soberanía.

Y es sólo una Nación verdaderamente Democrática y Soberana, dirigida bajo un principio de Derecho y humanismo, la que puede poner en manos de la sociedad primero, la Igualdad –mismas oportunidades, derechos y obligaciones para todos, designadas y repartidas de manera justa y equitativa—; y finalmente, la Libertad –garantía del acceso del individuo a dichas oportunidades brindadas por el Estado, y garantía de su cumplimiento, con respeto a los principios y necesidades del individuo, para que éste pueda llegar a ser enteramente feliz y a alcanzar las metas mejores, en concordancia con la Legislación y principios grupales vigentes—. Así, se cerraría el círculo.

Pero cuando la Igualdad no existe, cuando el respeto a los principios del individuo se ve violentado, cuando los individuos rompen con el orden social para caer en el libertinaje y en el caos, cuando las legislaciones son obsoletas o no son aplicadas por falta de legalidad, y cuando el dirigente o sus Instituciones abusan del poder o se corrompen, se pierde este delicado equilibrio. Surge la Desigualdad. Y con ella, las Revoluciones Posibles.
Ahora bien, siguiendo esta línea de ideas, ¿en qué momento surge la verdadera desigualdad? ¿Surge al no existir legalidad, al romperse los principios, al profanarse las garantías? ¿Surge en los pueblos que nunca tuvieron una Constitución Política? ¿O en aquellos que la tuvieron, para luego verla violentada? ¿Surge en las Democracias? ¿En las Tiranías? ¿En los Gobiernos Totalitarios? ¿En las Anarquías? ¿O tal vez en todos a la vez? ¿Pueden los pueblos sufrir la desigualdad si no se percatan de ella?

Contrario a lo que se suele pensar, la desigualdad no se da con la sola ruptura del sistema, o con el solo abuso contra los pueblos. Es decir, la desigualdad no se da sólo porque en teoría las leyes o principios de justicia y equidad sean rotas o no se lleven a cabo. La verdadera desigualdad surge sólo ante la confrontación con el deseo de igualdad. Y esto sucede en todas las formas de gobierno posibles, desde la Monarquía y la Tiranía, hasta nuestra bien intencionada Democracia.
¿Qué significa esto? Que un pueblo que no sabe que vive bajo el yugo de la desigualdad, en realidad nunca desea la igualdad verdadera. La desigualdad surge cuando aquel que se encuentra en condiciones de inferioridad se da cuenta de ello, o se percata de que siempre han existido posiciones de superioridad con respecto a él. Es la conciencia, el conocimiento del problema, lo que lo vuelve evidente ante los ojos de quien lo padece. Quien no se siente desigual nunca pelea por la igualdad, sin importar las carencias sociales, jurídicas o económicas a que se vea sometido. Al aceptarlas, entrega su voluntad; con ello su derecho de igualdad, y finalmente, su libertad.
Aquí es donde juegan un papel fundamental los medios masivos de comunicación que permanecen al servicio de los Estados que mantienen la desigualdad o sus intereses, ya que su verdadero papel es mantener al pueblo distraído y callado, demasiado absorto como para percatarse del estado de control en el que es mantenido. Las carencias económicas, el uso de la fuerza pública, los horarios de trabajo excesivos, la presentación del dinero como fin último de la vida del hombre, la falta de acceso a educación escolarizada, los libros de texto con información manipulada -y con una pobreza en cuanto a la enseñanza cívica que resulta casi imposible de creer-, la separación y desintegración de los grupos de influencia dentro de diversos sectores de la sociedad, y la desaparición de importantes materias en los planes de estudio hacen el resto del trabajo: no permitir que el hombre sea conciente de su historia y de los abusos de que es objeto para mantenerlo dentro del rebaño, para que nunca desee la igualdad.

Y por si fuera poco, el sólo entender el estado de explotación en que se vive o se ha vivido no es suficiente para crear una Revolución o lucha por la igualdad. La reacción que se tenga ante la desigualdad dependerá de los principios morales y culturales de cada individuo, y podrá variar desde la aceptación sumisa, la mera crítica social, hasta la caída en la anarquía o la lucha verdadera, la Revolución Posible, el enfrentamiento directo a la inferioridad social y a sus promotores o impositores, echando mano de todos los instrumentos culturales e imaginando estrategias reales –marchas, protestas, huelgas, paros o incluso el poder de las armas— que se puedan llevar a cabo para anular o reducir la diferencia. Así surgen las Revoluciones Posibles. Así es como los grupos humanos logran reestablecer su dignidad. Los pueblos no deberían temer a sus gobiernos; son los gobiernos quienes deberían temer a las luchas potenciales contenidas en el interior de todos los pueblos, que están ahí, listos para despertar cuando llegan tiempos en los que la opresión, la inseguridad social y la impotencia -corrupción, incapacidad- de las instituciones originalmente creadas para protegerlos resultan ya intolerables.
Tiempos como los que, tristemente, vivimos actualmente tanto en México como en un gran número de países del mundo.

sábado, 6 de septiembre de 2008

REFLEXIONES PERSONALES: BERTOLT BRECHT Y LA VIDA

Bertolt Brecht solía decir que, si las personas quieren ver sólo las cosas que pueden entender, entonces no tendrían que ir al teatro: tendrían que ir al baño. A mí no me queda más que diferir un poco en lo siguiente: el teatro es el mundo, y sus actores somos nosotros; vivimos inmersos en una obra eterna, larga y sin sentido que nos sobrepasa todos y cada uno de los días. Ante dicha obra no tiene ningún sentido cerrar los ojos, o alegar demencia. Es una puesta teatral de la que no podemos escapar, la entendamos o no. El hecho mismo de ir al baño no es más que una escena que comienza a perfeccionarse desde el acto primero de nuestras vidas, y la mayoría de las veces tampoco entendemos muy bien por qué lo hacemos. El instinto llama y punto. Pero la vida no siempre tiene que entenderse para ser vivida. De hecho, no es un requisito sine qua non, sino uno más de los accidentes propios del actuar evolucionado de la mente humana, tratando de explicarse a sí misma los porqués de su devenir, la cercanía de sus muertes. Buscamos resultados racionales en el mundo porque, en el fondo, aún deseamos encontrar el secreto de la inmortalidad en alguno de los rincones del Cosmos que tal vez permanezcan inexplorados, plenos de revelaciones arcanas y símbolos místicos que, de golpe y de plumazo, nos lo expliquen todo. Nos dejen entenderlo todo. Nuevamente: nadie en realidad entiende la obra teatral de la vida, porque ninguno de nosotros fue invitado a participar en ella con previa lectura del guión. Hasta ir al baño es un evento sorpresivo, inesperado en la gran mayoría de las ocasiones. La charla con los amigos está en su apogeo, la discusión con la pareja poco a poco alcanza el clímax, en la reunión de trabajo se discute el tema toral del día y... simplemente todo tiene que frenarse para que la vida gire, tome en forma súbita un rumbo ajeno a los deseos de todos. y nos ponga en nuevos escenarios dentro de los cuales llega otra vez el momento de improvisar. Monólogo tras monólogo, citas sacadas de la manga del chaleco para llegar con vida al final del acto segundo, y poder sentir un poco de paz antes de la caída del telón. Sólo en algo tenía Brecht toda la razón -nunca lo menciona, aunque se adivina implícito en su declaración citada al inicio de este escrito-: la obra teatral es incomprensible. Y para que permaneza pura, deliciosa, atrayente, subyugante y enigmática, debe mantenerse así. Si desde el principio se revelaran todos los secretos y traumas de cada uno de los actores, si se conocieran de antemano todos los finales, todas las claves y criptogramas que le brindan estructura -sostén, esqueleto y forma- a las puestas en escena, entonces todos abandonaríamos la sala apenas cinco minutos después de haber llegado. En esta enorme obra teatral que conocemos como vida, es bueno -pienso yo- no conocer con anticipación todos los peligros que se ocultan detrás de las colinas del horizonte, así como las formas de vencerlos y salir avante en la cruda batalla por la cotidiana comprensión. Quien cree tener todas las explicaciones en la mano comienza a interpretar la vida bajo una visión maniquea y limitante: todo es blanco o negro. La certeza, al igual que la intolerancia, se pinta con colores absolutos. Y uno no puede estar demasiado tiempo de pié, observando la obra de un artista que siempre pinta sobre el mismo tema, y que llena por completo el lienzo con un único y aburrido color. En el teatro, estoy seguro de que nadie soportaría estar tres horas observando a un grupo de actores que permanecen inmóviles, en su mismo sitio, minuto tras minuto, hasta el calambre o la catatonia. Es el dinamismo del teatro lo que nos mantiene atentos a cada una de las palabras convertidas en visibles realidades: el movimiento inesperado, los giros en la trama, la traición oculta, la felicidad esperada aunque todavía no obtenida, la muerte del héroe y de la doncella, el nacimiento de los tiempos que vendrán... El blanco y el negro son los parámetros, los valores que permiten polarizar los sucesos y pensamientos propios de la naturaleza humana, pero siempre será dentro de la enorme escala de grises intermedios donde se sucederá la mayor parte de nuestras vidas. Una sinfonía que todo el tiempo permanezca en Altísimo acabará por aturdirnos; otra que todo el tiempo se ejecute en Morendo acabará por dormirnos. Pero no nos pongamos musicales. Acaba de iniciar el tercer acto de una semana que termina plena de sucesos tristes y aparentemente inexplicables, que en el fondo son responsabilidad de la libertad aparente, de la elección, de la voluntad inherente a todos los reencuentros. Después de tirada la baraja, sólo nos queda esperar la siguiente jugada de las personas que están frente a nosotros. Y es en esa espera donde descubrimos lo que significa ser "Humano"; ser uno más de esos envases materiales de carne y sangre dentro de los que se vierten los elementos que constituyen lo que, al paso de los siglos, hemos definido como "Humanidad". Más que el momento, y más que el recuerdo, es el momento de la expectativa el que nos hace sentir, el que nos marca la piel, el que nos deja grabada la memoria. Antes de la caída del telón que anuncie el final del acto tercero de cada uno de nosotros, sólo nos queda esperar. Y seguir jugando un poco con la capacidad de desición. Hay dos reglas importante para participar en esta obra de teatro que Bertolt Brecht nos regala: la primera, es que esta obra no está acabada, no ha sido escrita por completo todavía, sino que cada uno de nosotros sigue escribiendo las estrofas y capítulos -¿o cantos?- que le corresponden con el paso de los días. Y eso es una responsabilidad sobrecogedora cuando la hacemos conciente. La segunda, es que no debemos olvidar el principio fundamental sobre la capacidad humana de tomar desiciones: lo importante no es tener el poder de tomar una desición, sino que, una vez tomada ésta y conocidas sus consecuencias, ser capaces de decir si seríamos capaces de tomarla nuevamente o no. Si a pesar de conocer el precio a pagar, sabemos que volveríamos a recorrer el mismo camino, a tomar las mismas desiciones sin arrepentimientos, sin culpas y sin cargos de conciencia, entonces esa fue una desición que, sin importar si buena o mala -que son nuevos calificativos excesivamente extremistas y sin valor intrínseco real- dejó marcada para siempre nuestras vidas. Si las personas quieren ver sólo las cosas que pueden entender, entonces no sólo no tendrían que ir al teatro, sino que no deberían de ser personas. La incertidumbre y el error, los temores a todos los cuartos negros de lo desconocido dentro y fuera de nosotros, son característicos de la experiencia de los individuos racionales que viven dentro de un universo cuyas reglas apenas llegan a conocer. Son propios de ésta obra teatral que, en conjunto, escribimos con cada respiración. Tener que ir al baño, estimado Brecht, no nos ilumina en nada. Es meramente circunstancial.

domingo, 17 de agosto de 2008

POR UN REPLANTEAMIENTO REAL Y ACTUAL DE LA SOBERANÍA DE LAS NACIONES

Tras pensarlo por varios días, decidí que la columna de esta semana estuviera encaminada hacia la comprensión de los principios del derecho natural sobre los cuales se fundamenta la Soberanía de las naciones, con el consecuente respeto y apoyo para los países más débiles por parte de los más poderosos, para posteriormente enfocarla al estado actual de ese concepto tan esquivo de "Soberanía", y su reflejo en la política internacional de nuestros tiempos.
Presento un ejemplo inicial: si echamos mano de la historia, encontraremos casos como el apoyo Persa hacia los recién liberados judíos cuando estos últimos eran oprimidos y explotados por los samaritanos –hecho que se expone ampliamente en el libro bíblico de Esdras—. Eventos como ese buscan establecer el enfoque ideal, y, ¿por qué no? incluso utópico de lo que deben ser las relaciones entre las diversas naciones, incluyendo los aspectos militar, de comercio, de respeto, de intercambio, de apoyo económico y político, y de alianza para obtener bienes comunes, siempre manteniendo como centro las necesidades de los individuos que las componen.

Pero ha llegado el momento de replantearnos el problema de la Soberanía de las Naciones como lo vemos en la realidad de los albores de este siglo XXI. En este momento histórico, a diferencia de lo que sucedía en la antigüedad, las armas no son la única manera de “invadir” los fueros de las naciones independientes, aunque no por ello han perdido su peso intrínseco -al contrario-.
Nos enfrentamos a problemas que van más allá del mero enfoque filosófico o de la ciencia política. Problemas tangibles que no logran resolverse con axiología y buenas intenciones, y que requieren de un abordaje más completo, así como de una visión mas amplia, para llegar a desentrañar sus etiologías.

Estamos inmersos dentro de la matriz de un mundo organizacional globalizado, donde los beneficios hasta el momento obtenidos del rápido intercambio de información y el acelerado crecimiento económico de diversos sectores y naciones primer mundistas no han logrado justificar las reacciones contraproducentes que se originan. Permítanme citar algunos ejemplos en forma de cifras objetivas: De las 100 economías más fuertes del mundo, 51 de ellas son EMPRESAS y sólo 49 son PAÍSES. Y si eso no es suficiente, podemos decir también que los ingresos por ventas anuales de CADA UNA de las Cinco empresas más grandes del mundo –e insisto, de cada una de ellas, no en conjunto— son superiores al PNB ACUMULADO de 182 países tercermundistas. Esto nos muestra que, por ahora, la globalización más allá de las comunicaciones aceleradas y el acortamiento de distancias que vemos a pequeña escala, a gran escala sólo ha traído beneficios palpables para las mayores potencias económicas, tanto en forma de naciones como de empresas multinacionales, que cada vez se infiltran más en el mundo, consiguiendo maneras de evadir las diversas legislaciones internacionales para lograr aliarse entre sí, formando grupos de poder económico superior a numerosas naciones.

Incluso los defensores de la globalización aceptan que, con la “apertura” de fronteras que se viene dando los últimos años, zonas como África y América del Sur se han visto mucho más perjudicadas que beneficiadas, aunque se defienden alegando que esto es debido a “su ausencia o casi nula cantidad de reformas económicas estructurales, que son mal instrumentadas y lentas en su andar”. Y yo pregunto: ¿es que acaso estos continentes deberían tener la OBLIGACIÓN de realizar reformas en sus economías, aún sin contar con la infraestructura adecuada para hacerlo, sólo porque así lo han decidido las naciones más poderosas? ¿es que acaso debemos tomar la opción del rápido suicidio económico para dejar de sufrir el lento asesinato de los bloqueos empresariales y las barreras para el comercio agrícola, seguida de la pérdida de subsidios? ¿es que, en verdad, no es esta una forma más avanzada y “civilizada” de invadir la soberanía de los pueblos? Pensemos...

Pero aún quedan esferas en el saco. Miremos esta vez hacia la invasión en su forma más tradicional y dolorosa: la armada, sustentada por una directa agresión política encubierta. ¿Casos? El más evidente de todos: Irak. Un dictador ambicioso y fanático, que provocó sufrimiento y pesar a su pueblo durante años –situación que sólo nos muestra la ineficacia de las formas actuales de regulación internacional y de defensa de los derechos humanos—. Un país poderoso con una naturaleza imperialista intrínseca, los Estados Unidos, decide tomar la “justicia” en sus manos e intervenir directamente para reestablecer la soberanía Iraquí -¿?-. El mundo entero debatió, luchó, se dividió en bandos... siendo realistas, eso nunca tuvo peso intrínseco alguno. Nadie se interpondría en el camino de las tropas norteamericanas, y los países que se atrevieron siquiera a considerarlo se encontraron seriamente afectados por nuevos bloqueos y exigencias de pago que los forzaban a cambiar de opinión. Y así, el mundo en que vivimos ya no nos parece tan distinto de aquel del pueblo Persa hace más de 2000 años. La ley del más fuerte continúa su aplicación. Se prometió a Irak una democracia... pero la megalómana ideología norteamericana olvidó un pequeño, pero fundamental detalle: la democracia, como la soberanía, RESIDE EN EL PUEBLO, y ellos habían dejado a ese pueblo sin la preparación o la capacidad de tomar decisión alguna. Ahora reina la anarquía. No es un lugar mejor. Sólo cambiaron la opresión por la incertidumbre y el terrorismo. ¿Más ejemplos? Las relaciones Israel/Palestina, Estados Unidos/Irán, China/Tíbet, la muy reciente invasión -apenas en días pasados- de Rusia a territorios recién formados por la división de la URSS, Colombia/Ecuador, y por supuesto Estados Unidos/México... la lista se antoja interminable (como mera curiosidad, ¿nos damos cuenta de que en tres de los seis casos mencionados aparecen los Estados Unidos...?)

Y ante esta falta de regulación a nivel global, es obvio que los pueblos en algún momento desean un once de Septiembre para todas las naciones con ánimo intervensionista. Y secretamente, una gran parte del mundo siente un pequeño placer culpable, y esboza una sonrisa disimulada para “aceptar sin conceder y conceder sin aceptar”. No es que estemos de acuerdo, pero...
...pero debemos dejar de lado nuestra visión puramente personal. Si en este siglo debemos seguir viendo como normal la actitud que dice que se debe pagar agresión con agresión, invasión con invasión, significa que la humanidad no ha evolucionado, y que décadas enteras de estudios humanísticos y tratados internacionales no han llegado a superar el poder de la ley del Talión. Porque sí, incluso países como Estados Unidos cuentan con una soberanía, y de un modo u otro las personas que los componen no tienen por qué sufrir la violencia ganada por sus gobernantes. Estaríamos dejando de ver al individuo. Y entonces el derecho natural perdería su aplicación.

Hace cinco o seis años se habló de la formación de un Tribunal para el Mundo, de una Corte Penal Internacional (CPI) unificada, que tuviera la capacidad de enjuiciar a los individuos o a las naciones inculpadas por los delitos de crimen de guerra, crímenes contra la humanidad, genocidio... Salieron a relucir las primeras bases del derecho mundial dadas en las cortes de Nuremberg y Tokio, originalmente fundadas para juzgar a los criminales alemanes y japoneses de la Segunda Guerra Mundial, y se habló de humanismo, de derechos del hombre, de hermandad entre los pueblos, de respeto a la vida. Incluso a mediados de 2004, en el mes de junio, se decía que esta Corte presentaría sus primeras sentencias.
Pero nuevamente Estados Unidos no permitió la adecuada creación de dicha Corte, alegando que jamás aprobaría que tribunal internacional alguno juzgara los actos de sus gobernantes y de sus tropas. Nuevamente, la nación con mayor poder económico del mundo había hablado. No se sometería a las decisiones de la Corte Penal Internacional. Y si una CPI no es capaz de regular las acciones de los Estados Unidos, entonces, ¿qué tanto peso real tendría? ¿quién la respetaría? ¿De qué serviría que 50 naciones decidieran que un hecho es ilegal, por representar atentados a la humanidad, si quien lo realiza no está dispuesto a acatar esta veredicto? De nuevo, mera utopía.

Y finalmente, tenemos la forma más sutil y peligrosa de pérdida de la soberanía: la que viene con la pérdida de la identidad nacional. La globalización y el mercantilismo actuales han convertido a los países en sociedades de consumo CONTROLADO, donde se compra y se distribuye sólo aquello que es autorizado por la compañías transnacionales, mediante cuantiosos sobornos a los gobiernos y pesadas remuneraciones a los medios de comunicación. Los jóvenes de todo el mundo muestran un interés cada vez menor hacia la historia y formas culturales de sus naciones, para convertirse en un grupo intencionalmente homogeneizado que viste y habla de la misma forma, y que consume los mismos bienes, escucha la misma música y comparte la misma sensación de vacío patriótico. Pérdida de la Identidad Nacional. Y debemos aceptar que en México, lentamente, sucede el mismo fenómeno, al igual que en todo el mundo.
Por si fuera poco, investigadores como Gabriela Warkentin afirman que esta irrefrenable agresión hacia las masas, utilizando los medios como arma, ha provocado una importante pérdida en la dimensión del lenguaje. Es decir, el mundo tiene cada vez más que decir de cosas menos importantes, y con un lenguaje alterado, cortado, destruido por los anglicismos, las abreviaturas, los monosílabos, los amarillismos. Warkentin nos alerta sobre un marcado empobrecimiento del espíritu comunicativo, que de no ser frenado nos llevará, a la larga, a una expresión unidimensional y vacía de nuestra realidad. ¿Y esta pérdida de identidad, de valores, de historia y tradiciones, no deben considerarse una forma silenciosa de invasión a la soberanía e independencia de los pueblos?

Soluciones. Para variar, es lo que el mundo necesita. Pero parece casi imposible llegar a encontrarlas a corto o mediano plazo. Se barajan en todo el mundo tres palabras como ingredientes del antídoto: SOLIDARIDAD, HUMANIDADES, DERECHO. Las dos primeras han sido ampliamente intentadas, y no han logrado superar las barreras de la mera especulación carente de operatividad palpable. La tercera, aunque queda como la mejor solución posible, tiene aún muchas pruebas a vencer. Ya vimos el ejemplo de la Corte Penal Internacional. Y es que, como dice una voz inglesa: “El Derecho debe trascender el poder de los poderosos y transformar la situación del débil. De otro modo, sería una farsa llamarle Derecho.” Pero todo sigue quedando, hasta el momento, en el mero enfoque teórico.
Disto mucho de ser un experto en los preceptos del Derecho Internacional. Mi meta era únicamente mostrar que la soberanía y la verdadera libertad de las naciones, en la actualidad, son conceptos más complejos de lo que se percibe a simple vista. Aún quedan muchos planos inacabados sobre el restirador, pero por lo menos espero haber logrado dejar reestablecida una pregunta que casi todos habíamos dado por sentada.

lunes, 4 de agosto de 2008

AUTOBIOGRAFÍA DE UN LOCO QUE CONOCIÓ LA SOLEDAD (I-IV)

I
Tuve la fortuna de nacer el día de la revelación del doble infinito, en uno de esos meses que se pierden entre la mitad del primer año y la vida que está por terminar.

Cuando llegó el momento de abrir los ojos, yo sólo podía pensar en cerrarlos de nuevo para comenzar a conocerme en soledad, en esa decadente soledad que, de ahí en adelante, me arroparía y alimentaría, me arrullaría y me contaría historias para ayudarme a dormir... me olvidaría.
El mundo del sueño era mi mundo, ella siempre lo supo. El de afuera se me presentaba demasiado organizado.

Así que todo lo que deseaba era dormir. Después de dormir, podía sentir que el mundo cambiaba un poco, se convertía en un juego de reflejos mal acomodados, se opacaba. La molesta luz de la vergüenza humana dejaba de lastimar mis ojos, y de incomodar mi soledad. En realidad, ahora que lo pienso, había poco que yo pudiera decir acerca de esos instantes de suave y profundo descanso, de esos pequeños momentos en que la vida se apagaba, y soplándome tibieza sobre el rostro y la memoria, me abandonaba casi sin sentirlo... hasta que lograba fusionar mis miedos en un punto ausente. En un punto del cual no quería salir. Punto con pobreza de extensión, pequeño e indefenso, que me aceptaba y resguardaba, que me conocía y entendía mi necesidad de descanso... y de seguridad.

Y desde el primer segundo del primer minuto de la primera hora del primer día de mi recién iniciada muerte, la soledad permaneció a mi lado. Y es que mi soledad fue la única que, desde el principio, pudo –o cuando menos intentó— mirar a través de mí. No perdía el tiempo en lisonjas o balbuceos, en bromas torpes sobre el imaginario colectivo acerca del futuro o en juegos ilusorios siempre insultantes para la inteligencia. No. Ella me atravesaba, se asomaba a todo cuanto había dejado a mis espaldas como si mi cuerpo fuese niebla, criptográfica ventana de la cual sólo ella conocía la clave. Podía invadirme, palparme, acariciar los secretos resguardados en cada una de mis vísceras; miraba y analizaba con detenimiento mi pasado aún por escribirse, los remordimientos que poco a poco seguirían mancillando mi conciencia... me convertí en el vitral deslavado a través del cuál ella estudiaba el alma humana, y yo agradecía su paz.

Porque, después de todo, conmigo siempre fue indulgente y comprensiva. Nunca supe de juicios infundados, nunca de mañanas o rencores. De su silencio sólo obtuve una sonrisa. Y yo la necesitaba, me perdía entre sus cabellos... yo amaba a mi soledad.
II


Estoy seguro de que me será difícil olvidar el camino recorrido, los escalones que he debido subir uno a uno hasta llegar a ser lo que no soy, lo que espero soñar con ser algún ayer, lo que dejo de ser en cuanto recobro la conciencia para percatarme de la sensación impalpable, de la luz mutable, del principio inexistente que sostiene el espejismo en el que vivo.

Aquellos fueron días terribles, de hambre reprimida, de valor inexistente, de engaños y limosnas justificados con zapatos de suelas perforadas... todo siempre mejor que pasar una noche más en pleno ayuno.
Pero todo acaba por pasar, todo se disfraza de negación y eufemismo.

Y comenzamos a reescribir la realidad, esa idea de realidad que forzamos a convertirse en realidad “palpable” pero insípida y sin aroma. Un nuevo lugar seguro, un estado de paz, un escondite tibio que nos mantiene a salvo de nuestros recuerdos, que nos abraza y nos contiene entre manos firmes pero sin vida, manos que hemos esculpido con caricias retenidas y deseos de ya no despertar...

...de ya no dormir...
...de ya no estar...
...de ya no ser...
...y de dejar de llorar.

No es más que la misma cuerda, sólo que con distinta tensión. No es un material diferente, sino una vibración variable. No es un calibre mayor o menor, sólo baila con oscilaciones cambiantes para deleitar el corazón con acordes aparentemente nuevos... pero no es más que la misma cuerda. Así era el universo Pitagórico, así es el universo astrofísico-cuántico. Así vivimos la disolución del tiempo en el espacio cuando se vuelve inexistente, cuando la cuerda regresa a su tensión original, cuando nos alcanza un pasado que en realidad nunca partió.

Cuando la luz se vuelve lenta, cuando la materia se pierde en la nada, cuando el futuro nunca llega realmente a existir, cuando la música de las esferas nos arrulla en la dulce muerte transitoria de morfeo para que la locura acaricie nuestra memoria, para olvidar...

...para olvidar. Hasta que llega el momento de enfrentar la verdad: el pasado no existe, el presente es escurridizo y transitorio, y el futuro nunca llegará. La cuerda volverá a su estado original, y su elasticidad golpeará nuestro rostro, recordándonos el ferroso sabor de la sangre...

...de esa sangre que es irrealidad. Irrealidad que ha dejado de parecernos tan lejana.
III


He pasado tanto tiempo en esta habitación que, muy a mi pesar, el equilibrio me parece despreciable.

Cuatro paredes blancas, alfombra gris de uso pesado, un colchón viejo... todo se vuelca sobre mí, me ahoga, me crucifica. Pero tengo tanto miedo de salir...

Los últimos amaneceres no han sido fáciles, ni los despertares deseables; casi no duermo, y en una crisis de agitación arranqué el cable telefónico de toda la casa. Aún así, el sólo recuerdo del molesto timbre retumbando en mis sienes me vuelve loco y me provoca ganas de gritar, y vomitar.

Llevo ya dos semanas encerrado, de las cuáles los últimos tres días han sido los más difíciles. No he parado de temblar, y los escalofríos me azotan sin piedad. Tal vez sea el hambre, tal vez la fiebre, tal vez la soledad.

La soledad. Franca y palpable manifestación de la verdadera estabilidad, de la Causa Primera, del Principio del Todo. Antes de que el mundo fuera mundo, de que el hombre fuera estorbo, y de que alguna energía mediocre decidiera en forma ególatra y autocrática condecorarse con el pomposo título de Dios, la nada debió estar inundada en soledad. Y no puede haber sido de otro modo. Únicamente bajo el influjo seductor de la soledad el verdadero ser se manifiesta, se libera, se expande vanidoso y afirmado en su realidad, muestra sus virtudes y defectos ante nadie. Se autoafirma como conciencia, se diviniza, se empapa del yo soy. Busca su equilibrio mediante la actividad y la incertidumbre para feudalizar su territorio bajo el estandarte aplastante de la pasión y la energía, del deseo y del sueño, de la ambición, del pecado, de la rebelión... de la humanización.
Y agotado, anhedónico, alcanza su estabilidad. Estabilidad siempre indeseada pero inevitable.

Porque cuando está con otros, con sonidos, con murmullos, con sombras, con manos, con afectos, con luces y destellos, con castigos, con el sol y con la noche, conmigo y con las paredes blancas, con pensamientos y con frío, y nuevamente con los otros, siempre con los otros que tratan de ser a expensas de mi rebuscada desesperación y melancolía... el ser no puede respirar.
El ser, ese chiquillo travieso capaz de convertirse en Creador de planetas y universos, de amores y de historias, de futuros y de paz, cierra los ojos y abraza sus piernas en doliente posición fetal para no encarar el dolor, para no aceptar el castigo, para negar la culpa una y otra vez. Una y otra vez. Tal como lo hago yo, tirado en los rincones de mi alba sepultura, olvidando...

...y quedándome únicamente con la realidad que cada quien desea tener.
Y permaneciendo en el recuerdo de cada sombra que nos ha olvidado ya.
Y dejando el llanto marcado en las paredes de la silenciosa agonía que aún sin voz nos pertenece.
Y volando, volando hacia la irrealidad, al mundo ajeno, al escondite mohoso, al sótano pleno del ayer.
Y tomando sus manos para besarlas nuevamente; manos llenas de polvo y carne fría.
Y descubriendo nuevos universos, cosmos impropios, cumpliendo las promesas arrojadas con amor al cielo para que luego caigan sobre la cara, como quien maldice mirando arriba para insultar a ese Dios...
...para luego salir huyendo...
...para luego correr llorando...
...para luego sufrir el arrepentimiento eterno de la triple negación...
...para luego tomar el ego más amado y colgarlo por el cuello, en el centro del desierto del olvido...
...dejando caer las treinta monedas del adiós nunca dicho...
...para luego convulsionar nuevamente al tercer día, siendo elevado a la nueva vida, vida de dolor, vida de sangre, vida de soledad imprevista...
...vida que se da después de verte morir.

No puedo dejar de llorar. Salgo del rincón descalzo y me arropo con las hojas secas del atardecer. La ventana sigue abierta, y se ha desatado un viento helado que irrumpe en mi cuarto, que me ahoga y me congela, que me convierte en regresión.
Las cortinas bailan sin control, y aunque todo sigue revuelto, el olor a delirio por fin desapareció.

Así que mejor cierro la ventana.
Ya no tiene caso intentarlo.
No puedo dejar de llorar.
IV

Ahora apenas tengo fuerzas para abrir los ojos...

Soy viejo, y el duro golpe de la soledad me dejó tirado boca abajo en la arena, y la verdad nunca me enteré del momento en que me besó en la frente para luego abandonarme...

Si, también mi soledad me abandonó.

Solíamos caminar uno al lado del otro, buscando respuestas, viviendo tempestades, haciendo el amor una y otra vez bajo las lágrimas del cielo, sobre los pasos de los viajeros, bajo los dinteles del pasado...

Pero ésta fue la última noche que pasé abrazando a mi soledad. Nuestro amor fue como el destello que provoca el choque entre los sueños, como el vuelo de la delicada mariposa que acaba siendo devorada por las aves cuando apenas si ha tocado el viento, como la revelación del rostro de Dios en el camino del agotado ateo que sólo pide a la rosa del camino el hechizo de su existir.

Me gustaba acariciarla, siempre me hizo feliz tenerla entre mis manos. Sentirme en soledad era todo cuanto tenía, todo cuanto quería, todo cuanto podía vivir. Pero era tan húmeda, tan tibia, tan mía... me besaba los ojos y me hacía abrazar por la niebla, me ocultaba en sus entrañas y me susurraba historias prohibidas al oído, historias sobre verdades y mentiras, sobre mujeres y calores, sobre rostros que llevan escrito en la frente su destino amargo.

Y me contaba sobre promesas de su partida para verme sonreír, incrédulo. Y ella también sonreía. “No puedes irte, la soledad sólo pertenece a las letras de mi cuerpo”... Y ella sólo sonreía.

Pero ayer, en cuanto llegó la noche, me tomó de la mano para adentrarme en el desierto de mi alma desdichada, obstinada, árida y erosionada. “Ven y ve –me dijo—, y conocerás el suspiro de los tiempos, la mirada que acusa, el temblar de las estrellas en lo profundo de tu corazón. Escucha las trompetas, mira el fuego caer para dar de beber a tus pupilas. Sigue con la vista tu sendero, forjado con manos tersas sobre amantes tímidas que han brindado su incondicional eternidad para otorgarte salvación y deseo. Ven. Mírate en el reflejo de la transparente sangre de la tierra y descúbrete sin sol, apréciate sin muros, vívete sin recalcitrantes minutos que te trascienden y te hacen perder la razón...
...Toma la rosa del desierto entre tus manos y siéntete gozoso, porque es tan inmortal como eres tú.”

Yo no prestaba demasiada atención. Sólo seguía embebido en ella, la respiraba para sentirla llenar mis oquedades, la transpiraba para bañarme en su dolor, para impregnarme de su aroma, para vivirla y conocerla, para morir su muerte, para vivir su espacio, para sentir su aliento recorrer mi cuerpo transfigurado y oprimido...
...Para ser. Para ser uno. Para ser uno con ella... para perder la razón en su regazo.

Y desperté con la piel sobre la arena, ausente de sus negros labios de carbón apaciguado, lejano al amanecer nublado de sus ojos. Había sido abandonado por mi soledad... me quedé pobre de vacíos.

Tengo miedo de salir a buscarla. Tal vez la encuentre dormitando en el pasado inalcanzable, o peor aún, puede estar acompañando a otro viajero, amándolo y devorándolo, mientras le narra historias sobre lo que fue cuando era mía, cuando era mi soledad, que ahora es inexistente e indolora.

El cielo cae pesado sobre la espalda y deja marcas en los sueños delirantes de quienes se embriagan de sinrazón; pero ya no hay miedo...
...ya no hay miedo...
...ya no hay miedo...
...y tampoco soledad.

Solo estoy aquí, reconociéndome nuevamente en la imagen de la laguna Estigia y agradeciendo que soy dueño de un informe y desconocido “yo”; de un azul, pequeño y empolvado “yo” que se refleja en el deseo de expansiones nuevas y amores trascendentes, que quiere ser realidad y melodía, que duerme acurrucado entre las hojas del tierno árbol del jamás.

Así que lo tomo muy despacio para no despertarlo, y luego de guardarlo entre mis ropas inicio nuevamente el caminar.
Creo que todavía me queda mucho por vivir...
...o por lo menos eso me gusta creer.
(Enero 2002 - Diciembre 2004)