RAÚL CONTRERAS OMAÑA
En una forma inesperada y oscura las caricias tomaron sentido. Nada había sucedido desde la última luna llena, desde el último acorde en quintas que llenó el aire denso de un clamor profundo, de una voz grave que sólo podía preconizar la llegada del siguiente movimiento en una sinfonía casi esquizoide que para entonces parecía no tener final.
Las cuerdas de los violines gritaban, los coros casi sagrados que surgían lentamente desde algún lugar oculto entre las sombras de unas manos sucias acabaron por ocupar todos los espacios, por hacer vibrar todas las paredes, por llevar el polvo hasta los más pequeños rincones de la mente de cada uno de los testigos de aquella revelación. Y sin embargo, bajo las miradas de todos los ojos cerrados, las caricias seguían tomando sentido.
Alguien susurró en el oído de la nada: “es sorprendente la cantidad de secretos que pueden resguardarse tras un par de cortinas que apenas si pueden sostenerse a sí mismas”. No hubo respuesta. Todos en el fondo sabían lo que aquello significaba: los sueños pierden su sentido cuando son arrancados del cálido útero de la noche. Sin embargo todas las ilusiones tienen que nacer, todos dormimos en el seno de la tierra antes de volver a conocer el amanecer –ahora tan lejano para unas pupilas blancas que apenas si logran mirarse a sí mismas en el espejo de lo que ya no está-.
Los cuerpos se despojaron de sus vanidades sobrantes para encender la hoguera que habría de consumir los residuos de la niebla. Aquello no era un aquelarre, no podría serlo. Había demasiados ángeles presentes. Las alas quemadas, las rodillas con las marcas de un suelo blanquinegro. Y con todo, el beso azul sobre cada piel marmórea alcanzaba a despedir un breve destello fugaz entre las hojas, delatando la muerte de dos cuerpos que quizás nunca estuvieron ahí. Al fondo, lo tenue se convertía en la desesperación de un grito que casi nadie escucha, pero que todos saben que está ahí, rompiendo las prohibiciones de un vacío impuesto por seres ajenos que, de tanto llorar, habían aprendido bien a intervenir en el temor de los humanos.
Parecía que se habían roto todos los vitrales, que se había quitado lo sagrado a todas las cruces de todos los altares, que todo vino y toda hostia habían vuelto a ser carne y sangre otra vez. Las notas marchaban ahora a un paso más lento, cruzando el umbral que separa el rittardando del morendo, acompañadas en su viaje por el abrazo de los cellos que emitían el suspiro del dolor y el abandono de las lejanías que una vez fueron suyas, y la entrega dentro del asfixiante humo del incienso dejó sólo el rastro del sudor y el vino sobre un encaje antiguo que hace apenas unas horas parecía tener vida propia mientras robaba un poco de la de alguien más.
El descanso de la madrugada todavía se vislumbraba lejos. La última lágrima de cera dejó saber a todos que las velas negras finalmente se habían consumido por completo. El aroma, espectro silencioso que impregnaba la nave del recinto, sólo podía ser descifrado por la tristeza de un dios antiguo. Una copa sucia sellaba el pacto del final de un tiempo que apenas se convertiría en principio…
… fue entonces cuando las caricias tomaron sentido.
Un espacio semanal de Raúl Contreras Omaña para perderse entre las Nieblas de la Idea, encontrarse en la Libertad de las Palabras y tomar un buen Café con los Amigos.
sábado, 30 de mayo de 2009
sábado, 23 de mayo de 2009
EL INESTABLE EQUILIBRIO
-RAÚL CONTRERAS OMAÑA-
¡Cuán distintos son la estabilidad y el equilibrio!
El equilibrio es veleidoso e impredecible, un oscilar constante y forzado de dos vectores sobre la punta de un dedo. Cada momento es un peligro. El más pequeño resoplar puede acabar con la aparente perfección, volver inestables las fuerzas, inclinar la balanza hacia cualquiera de sus lados.
El equilibrio es riesgo. El equilibrio es felicidad a plenitud máxima, en mínima duración. El equilibrio es vida, es emoción. Nos coloca al borde mismo del precipicio, amenazando con salvarnos en el último momento... o con arrojarnos sin clemencia hacia la nada.
Incluso entre los budistas el equilibrio de la perfección del Nirvana es símbolo del paraíso alcanzado, y a la vez, de la tentación máxima, del sitio terrible donde el más pequeño de los pequeños malos pensamientos -ese que es como un niño, desobediente y aventurado, fugaz y atrevido, malvado- puede arrojar el alma directo al vacío, al dolor, al sufrimiento eterno del séptimo y más profundo de los infiernos.
Porque el equilibrio nos enloquece con la incertidumbre, con la indesición, con el libre albedrío, con las múltiples opciones que parten del centro de apariencia siempre constante y engañosa... y por eso es más humano.
Por el contrario, la estabilidad es la calma que nos brinda la firmeza de lo inmutable, de aquello donde el vaivén entre los opuestos no es ya una realidad presencial. Uno de los platillos de la balanza finalmente ha caído: la justicia impera, el karma se cumple. Uno de los extremos triunfa para convertirse en absoluto.
Y cuando esto sucede todo queda en silencio. El cinetismo decae, el constante movimiento se adormece en su plenitud para convertirse en tiempo detenido, en espacio sin expansión, en potencia que se manifiesta en acto innmóvil y completo, un todo integrado. La impredecible expansión universal de la cola de la alondra, de la física cuántica, de las aguas primigenias de la matemática del caos, queda finalmente cimentada en génesis o apocalipsis, en big bang o big crunch, en todo o nada, en cosmos o vacío, en ser o no ser.
Y es en ese especial mundo callado de lo estable, en que el extremo ha triunfado sobre su contraparte negativa -la contraparte de cualquier cosa siempre será negativa ante los ojos del opuesto que resultó triunfante- donde se da el sueño, la caída, el agua calma... y la petrificación, inmutable y anquilosada forma de permanecer muertos en una vida que deja ya de lado su experiencia psíquica y creadora -como alma humana que se relaciona activamente con el mundo, quiero decir- para convertirnos en la fría y hermosa escultura de mármol que adorna las habitaciones a las que nunca quisimos pertenecer, y que parecen no tener final.
Es la misma mediocridad y el mismo tedio en el que Dios, si es que existe, debe pasar cada uno de sus eternos días: pudiendo hacerlo todo, mas no teniendo nada que hacer.
Los cuerpos ajenos son los opuestos. Su encuentro encarnizado bajo el estandarte de la pasión -química o humana, da lo mismo- es la más perfecta lucha por el equilibrio. La paz y el agotamiento resultantes son la fusión posterior a toda liberación de energía, son unidad, son estabilidad. Y la estabilidad de cualquier sistema -no importando su grado de complejidad- no significa otra cosa más que su muerte.
¡Cuán distintos son la estabilidad y el equilibrio!
El equilibrio es veleidoso e impredecible, un oscilar constante y forzado de dos vectores sobre la punta de un dedo. Cada momento es un peligro. El más pequeño resoplar puede acabar con la aparente perfección, volver inestables las fuerzas, inclinar la balanza hacia cualquiera de sus lados.
El equilibrio es riesgo. El equilibrio es felicidad a plenitud máxima, en mínima duración. El equilibrio es vida, es emoción. Nos coloca al borde mismo del precipicio, amenazando con salvarnos en el último momento... o con arrojarnos sin clemencia hacia la nada.
Incluso entre los budistas el equilibrio de la perfección del Nirvana es símbolo del paraíso alcanzado, y a la vez, de la tentación máxima, del sitio terrible donde el más pequeño de los pequeños malos pensamientos -ese que es como un niño, desobediente y aventurado, fugaz y atrevido, malvado- puede arrojar el alma directo al vacío, al dolor, al sufrimiento eterno del séptimo y más profundo de los infiernos.
Porque el equilibrio nos enloquece con la incertidumbre, con la indesición, con el libre albedrío, con las múltiples opciones que parten del centro de apariencia siempre constante y engañosa... y por eso es más humano.
Por el contrario, la estabilidad es la calma que nos brinda la firmeza de lo inmutable, de aquello donde el vaivén entre los opuestos no es ya una realidad presencial. Uno de los platillos de la balanza finalmente ha caído: la justicia impera, el karma se cumple. Uno de los extremos triunfa para convertirse en absoluto.
Y cuando esto sucede todo queda en silencio. El cinetismo decae, el constante movimiento se adormece en su plenitud para convertirse en tiempo detenido, en espacio sin expansión, en potencia que se manifiesta en acto innmóvil y completo, un todo integrado. La impredecible expansión universal de la cola de la alondra, de la física cuántica, de las aguas primigenias de la matemática del caos, queda finalmente cimentada en génesis o apocalipsis, en big bang o big crunch, en todo o nada, en cosmos o vacío, en ser o no ser.
Y es en ese especial mundo callado de lo estable, en que el extremo ha triunfado sobre su contraparte negativa -la contraparte de cualquier cosa siempre será negativa ante los ojos del opuesto que resultó triunfante- donde se da el sueño, la caída, el agua calma... y la petrificación, inmutable y anquilosada forma de permanecer muertos en una vida que deja ya de lado su experiencia psíquica y creadora -como alma humana que se relaciona activamente con el mundo, quiero decir- para convertirnos en la fría y hermosa escultura de mármol que adorna las habitaciones a las que nunca quisimos pertenecer, y que parecen no tener final.
Es la misma mediocridad y el mismo tedio en el que Dios, si es que existe, debe pasar cada uno de sus eternos días: pudiendo hacerlo todo, mas no teniendo nada que hacer.
Los cuerpos ajenos son los opuestos. Su encuentro encarnizado bajo el estandarte de la pasión -química o humana, da lo mismo- es la más perfecta lucha por el equilibrio. La paz y el agotamiento resultantes son la fusión posterior a toda liberación de energía, son unidad, son estabilidad. Y la estabilidad de cualquier sistema -no importando su grado de complejidad- no significa otra cosa más que su muerte.
domingo, 19 de abril de 2009
TRES VISIONES TRISTES SOBRE LA EDUCACIÓN EN MÉXICO EN LA ACTUALIDAD
RAÚL CONTRERAS OMAÑA
El día de hoy no quiero dedicar este espacio a un escrito personal, sino más bien emplearlo como medio para difundir los comentarios de tres de los mejores columnistas a nivel nacional, quienes en el Diario MILENIO, fechado el pasado sábado 11 de abril de 2009, publicaron -cada uno por su cuenta, y muy seguramente sin ponerse de acuerdo para ello- tres comentarios sobre la educación en méxico en la actualidad, mismos que contienen datos que considero todos los mexicanos debemos de conocer.
PRIMER PUNTO: LA UTOPÍA. En su columna "Un libro para Lujambio", Carlos Puig ("Historias del más acá", sección "Al Frente", página 03), busca explicar por qué algunos países -sobre todo los orientales- logran destacarse en forma tan contundente en los aspectos educativos a nivel mundial, y encuentra que en ellos el promedio de días al año que un niño o un adolescente pasa en la escuela es de 243 -Japón, por ejemplo-, contra sólo 180 en Estados Unidos, y menos que eso en México. Además, la duración del día de clases es también mayor, siendo de 12 horas en promedio, contra 10 en EU y 8 o menos en México.
De igual modo comenta cómo a mediados de los años 90, en una de las escuelas públicas más pobres y marginales de Brooklin, Nueva York -la Academia Kipp- se inició un experimento para comprobar si lo anterior es cierto. Se prolongaron las horas de estancia en la escuela -recibiendo clases, por supuesto- así como el número de días escolarizados al año. Resultado, y cito a Puig textualmente:
"Los jóvenes que van a una academia Kipp (hoy ya hay más de 60 en todo Estados Unidos) pasan en promedio en la escuela 60 por ciento más que en el resto de las escuelas públicas en Estados Unidos. (...) En diez años, Kipp ha superado cualquier cantidad de expectativas. Los jóvenes de los barrios más pobres están superando por mucho al resto de las escuelas públicas de sus distritos escolares, y están siendo aceptados (con todo y financiamiento y becas) en las mejores preparatorias y universidades de EU."
Aquí la pregunta es: ¿no hay forma de establecer programas similares en nuestro país? ¿no hay forma de modificar los planes de estudio y calendarios escolares para obtener mejores resultados académicos en México? Veamos lo que sigue...
SEGUNDO PUNTO: LA TRISTE REALIDAD. En su columna titulada "¡Hasta Turquía!", Francisco Garduño ("Doble o Nada", sección de Opinión, página 10) hace públicos los resultados del informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) con respecto a la calidad académica y los resultados de competencia educativa, así como de inversión monetaria por alumno, entre los 30 países que la conforman.
¿Qué nos dicen? Que México es, por mucho, el último lugar de la lista ("...peor que Turquía, la conflictiva nación de mayoría musulmana, donde los Kurdos son tratados de forma inhumana y que por restricciones religiosas limita la educación de las mujeres").Cito de nuevo a Garduño:
"Así es. México, el país que muchos engañados mexicanos creen que está ya entre las potencias mundiales, invierte sólo 2 mil 405 dólares por estudiante, lo que es irrisorio comparado con los 12 mil 788 que Estados Unidos ocupa para cada uno de sus alumnos.
(...)Y es que resulta absurdo ver las rebatiñas en la Cámara de Diputados cada año para aprovar un raquítico presupuesto educativo, que no sirve más que como paliativo para que la educación no se muera.
También es increíble que esos grandes políticos, dispuestos a dejar la zalea por México, sean capaces de llegar a los peores arreglos, arrastrarse como vívoras con tal de complacer a la dirigencia de un sindicato, que se ha convertido en el más poderoso del continente, chupando la poca sangre que queda al sistema educativo del país".
Así, respondamos las preguntas anteriores con otra pregunta: ¿de verdad creemos que el sindicalismo mexicano permitiría cambios para prolongar los calendarios escolares y la duración de los días de clases? Porque caray, si los sindicatos de maestros de primarias y secundarias (que son, por mucho, las fases más importantes en la vida de todo alumno) no son aún capaces de aceptar que tienen que presentar exámenes de nivelación de Carrera Magisterial, para elevar su preparación y cultura general, y así poder acceder gradualmente a un mejor salario, TAL Y COMO LO HACEN TODAS LAS DEMÁS PROFESIONES Y CARRERAS, EN MÉXICO Y EN EL MUNDO... ¡Ah, pero no! ¡Por supuesto que no lo aceptan! ¿Por qué se le habría de exigir a los maestros mexicanos que estudien y que sacrifiquen su tiempo libre para prepararse y dar mejor forma de vida a sus familias, y mejor preparación a sus alumnos? Es como si se les estuviera gritando el peor de los insultos. Tantos y tantos "maestros normalistas" se dedican ahora a la pseudo-política, al "coyotaje", a rentar o vender sus plazas, a heredar sus derechos, a recibir salarios de doble o triple plaza sin siquiera pasar nunca unas horas frente a un grupo de alumnos, a organizar plantones y bloqueos de calles, a extorsionar grupos y partidos políticos, a vender votos grupales... eso sí, cuando se les pide que redacten un pequeño informe de tan solo una página de extensión, el número de faltas de ortografía y de errores gramaticales por párrafo resulta en verdad difícil de creer... pero preguntémosles sobre telenovelas: les aseguro que de eso sí van a saber.
Puedo conceder algo: el anterior no es el caso de todos los maestros. Honor a quien honor merece. Y en forma personal conozco a grandes maestros normalistas, personas de excelente calidad moral, profesional y cultural, y muchos de ellos grandes y queridos amigos míos. Pero seamos tajantes: todos recordaremos en nuestra vida, como buen maestro, quizás a uno de cada diez. O menos. Y esa es la verdad. Es la realidad. Los demás... sin pena ni gloria.
TERCER PUNTO: UNA PÉRDIDA DOLO(RO)SA. En su columna de nombre "La SEP desaparece la filosofía", Heriberto Yépez ("Archivo Hache", suplemento cultural "Laberinto", sección Artes Plásticas, página 12) menciona, y cito textualmente:
"La Reforma Integral de la Educación Media Superior (RIEMS) anula la enseñanza de la filosofía. Por la RIEMS la filosofía ya no es materia básica en los planes de estudio del Sistema Nacional de Bachillerato. (...) Fea paradoja: la SEP la fundó un filósofo.
(...)El problema es que la filosofía no tiene ese matíz técnico que el mercado laboral exige. Lo que realmente está detrás: filosofar no aumenta la productividad empresarial, meta de la nueva 'educación' global.
Hay otras razones de peso para su eliminación. La filosofía históricamente ha tenido una relación tensa con el orden económico dominante. La mayoría de la filosofía prepara al individuo para volverse analítico, desconfiado y crítico. En países como el nuestro, esa minoría de estudiantes -de todas las clases sociales-que logra entender la filosofía se vuelve políticamente disidente, o al menos incrédulo del gobierno, religión y mass media. Esto no agrada al capitalismo bélico, al consumo trasnacional, al Vaticano y al espectáculo populista.
(...)La filosofía incrementa el descontento contra el capitalismo y el dominio estadounidense. (...) Desaparecer la filosofía de las escuelas es debilitar la influencia de las ideas de izquierda. Permitir el avance del sentido común capitalista y el cristianismo conservador.
Por último, la filosofía puede ser sacada de las escuelas por una poderosa razón adicional: La filosofía es impopular entre muchos alumnos.
La educación reaccionaria que les viene de su familia y el entretenimiento retrógrado de las dos principales televisoras del país, muchas veces los convierte en seres intelectualmente inertes, sin deseos de indagación filosófica. Esa es la triste realidad.
Eliminar la filosofía no lo podría hacer la SEP ni la globalización sin la cooperación estratégica de nuestra sacrosanta cultura popular".
No hay más que decir. El Maestro Yépez lo dijo todo ya, tal como debía ser dicho.
Sólo añado lo siguiente: un servidor está de luto. Los filósofos, en México, se están convirtiendo en una especie en extinción.
Tres visiones distintas que confluyen en una misma desesperanza. Tres impactos frontales a lo que alguna vez fue el sueño de los padres de la educación en México. Abramos los ojos a la realidad de la educación básica y media superior de nuestro país. Abramos los ojos a la antesala del futuro educativo de la juventud que viene detrás de nosotros. No podemos seguir ciegos.
sábado, 4 de abril de 2009
VOTO EN BLANCO
RAUL CONTRERAS OMAÑA
En su columna periodística titulada “No a la partidocracia”, (diario MILENIO edición nacional, página 12, sábado 14 de febrero 2009), Joel Ortega Juárez hace una severa crítica a la manipulación de las preferencias electorales que se ha originado en nuestro país a partir de la reforma del IFE y la aparente “regulación” de los spots publicitarios a los que tienen acceso los partidos políticos dentro de la programación de las grandes cadenas televisivas. Según nos dice, y cito textualmente:
“(…)Una sociedad despojada de mecanismos e instrumentos políticos para poder expresarse y resolver sus contradicciones de manera política puede generar estallidos de destino desconocido.
(…)No basta denunciar esa perversión. Quizá sea necesario provocar o acelerar una crisis de ese sistema partidocrático. La abstención, tanto la inercial como la que pudiese ser consciente, no sirve. Habría que pensar en algo más preciso y contundente.
Puede ayudar a ello si millones optamos por acudir a las urnas y llenar las boletas con la leyenda: FUERA LA PARTIDOCRACIA”.
En resumen, su propuesta es que en los tiempos que atraviesa México, plenos de inseguridad e ineptitudes, no debemos renunciar al ejercicio de la democracia ni aplicar abstencionismos, sino que debemos hacer uso total de nuestros derechos políticos acudiendo a las urnas, si, pero inutilizando las boletas para hacer evidente nuestro descontento ante la situación actual del país.
Un voto en blanco por sí sólo es un voto perdido, regalado al mejor postor. Un voto no depositado por abstencionismo es más bien cobardía, apatía o indiferencia, y no verdadera protesta social. Pero una papeleta depositada por mano del votante, que además ha sido inutilizada por él mismo mediante una leyenda o una cruz que abarque a todos los candidatos a la vez, no puede significar otra cosa: es un ciudadano inconforme, una verdadera protesta, un ejercicio libre de nuestra capacidad de decir “¡ya basta!”.
Por supuesto que esta idea, aunque aparentemente radical, no es nueva en absoluto. Ya en su novela titulada “Ensayo sobre la lucidez” (editorial Punto de Lectura, México, DF, 2004), el escritor portugués José Saramago, premio Nobel de literatura 1998, lanza al aire una pregunta: ¿qué pasaría si un día de tantos, en una ciudad sin nombre, que pertenece a un país desconocido, en el día de las elecciones más importantes para la región, la práctica totalidad de sus habitantes decidiera presentar su voto en blanco?
Esta no es una pregunta carente de trascendencia. El desarrollo completo de la novela se basa en el caos que tal acto de rebelión podría desencadenar en una nación, en los temores del gobierno ante un gesto revolucionario tan difícil de predecir y descifrar: ¿se trata de una trampa tendida por grupos anarquistas internacionales? ¿se trata de un intento de golpe de estado por parte de extremistas desconocidos? ¿será reflejo de una inconformidad social real, o es sólo consecuencia de la manipulación de intereses ocultos o de poderes fácticos? Porque hay que aceptarlo: un solo voto en blanco, como expusimos antes, no es suficiente. Pero un millón de votos en blanco son ya negocio aparte; no hay país ni institución política que pueda manejar un rechazo de tal magnitud a las vías establecidas de gobierno; no hay estructura social lo suficientemente cimentada como para no colapsarse ante el impacto del terremoto de la voz de un pueblo unificado, terremoto cuyo epicentro es la democracia misma.
Así, todo lo antes dicho lleva a lo siguiente:
La democracia es, sin duda, la forma de gobierno más justa y plural de todas. Los movimientos ideológicos y las luchas revolucionarias e independentistas que se han dado en todo el mundo (y que en nuestro país están a punto de cumplir cien y doscientos años, respectivamente) han tenido como meta principal el derrocamiento de los gobiernos basados en privilegios y opresiones, para establecer aquellos cuyos fundamentos son igualdad social, justicia social, derechos humanos, participación colectiva, equidad en la aplicación de la ley y una constante comunicación entre las cabezas del estado y los miembros del pueblo libre y soberano.
Sin embargo, la democracia no es perfecta. Ninguna forma de gobierno lo es, y esto es sabido desde sus inicios en la Atenas de Pericles. Mientras más sean las personas que intervengan en la toma de decisiones, más complejo se vuelve el proceso, y queda más expuesto a contaminación por errores humanos como la corrupción, el clientelismo, la extorsión, la demagogia y, por supuesto, la llamada democracia dirigida, que no es otra cosa más que la ilusión creada por aquellos que detentan el poder para hacer creer a los pueblos que son capaces de tomar sus propias decisiones y de elegir a sus representantes y gobernantes, cuando en realidad sólo se les permite hacerlo de entre aquellos que ya han sido previamente escogidos dentro de los grupos en el poder, y no de entre el total de la población… tal como sucede en nuestro país.
La democracia directa, que es la forma más pura ejercida desde la Grecia antigua, en la que cada uno de los miembros de la sociedad que cumpla ciertos requisitos tiene derecho a voz y voto, y a representarse a sí mismo dentro de las reuniones de estado, es la que aparente ser la ideal y única a ejercer, pero depende de una condición fundamental que la vuelve inaplicable en nuestros tiempos: una educación suficiente y generalizada, que permita a todos los miembros de la sociedad comprender las necesidades del país y las propuestas que sobre estas presentan sus dirigentes. Es decir: la sociedad completa debe tener un cierto nivel de conocimiento de los diferentes conceptos de política y economía, así como de derecho, para aplicar la democracia directa en forma adecuada, para ser considerada un verdadero grupo de ciudadanos en toda la extensión de la palabra. Y en México, este requisito no se cumple ni siquiera en forma remota, por lo que la democracia directa no es una opción real.
Por otro lado, la democracia indirecta, que es aquella en la que el pueblo elige a sus representantes, para que éstos tomen las decisiones en su nombre, y que es la que se vive en casi todas las naciones en la actualidad, cuenta con la desventaja de ser injusta desde sus inicios, ya que la mayoría de los representantes toma las decisiones sin consultar ni informar al pueblo que los eligió, además de que en general está manipulada por aquella democracia dirigida de la que antes hablamos, lo que hace del ejercicio democrático una compra-venta de votos y de cargos, una carrera desesperada hacia el poder personal o grupal que deja atrás a sus gobernados, que los sumerge en la ignorancia acerca de las realidades que atraviesa su propio país, y que los convierte en presas vulnerables de la corrupción, y en eslabones frágiles ante los continuos golpes de los vicios, la inseguridad, la invasión ideológica y la pérdida de valores.
Pero con todo y sus desventajas, la democracia aún cuenta con herramientas aplicables por parte de los ciudadanos, y una de las más importantes lo es sin duda el sufragio libre y secreto; tan secreto que puede ser emitido en blanco, tan secreto que podemos escribir en él nuestra inconformidad social. El voto es nuestro, de cada uno de los miembros del estado. El uso que de él hagamos depende de nuestra voluntad personal y grupal. El voto no sirve sólo como medio de elección partidista, también puede ser utilizado como vía de denuncia política, de cambio en las instituciones y de transformación social, si esa es la voluntad de los ciudadanos.
Entiéndase bien: hoy yo no estoy invitando a nadie a depositar un voto en blanco, o a escribir una denuncia de hartazgo político en su papeleta. Más bien vengo a invitarlos a buscar vías similares de unión y manifestación ciudadana, a buscar armas dentro del ejercicio democrático para emanciparnos ante la incapacidad política y la corrupción de las que día a día somos presa los ciudadanos de este país. Si miles de personajes de ficción de una novela pudieron unirse para dar una lección a sus gobiernos, ¿por qué no hemos de poder hacerlo nosotros, los ciudadanos de carne y hueso, que sufrimos de los mismos malestares sociales? ¿o es que acaso la apatía ha ganado definitivamente la batalla?
Dice el mismo Saramago, en voz del personaje principal de su novela antes mencionada:
“Es regla invariable del poder que resulta mejor cortar las cabezas antes de que comiencen a pensar, ya que después puede ser demasiado tarde”.
Nosotros, los ciudadanos responsables, no dejemos que el poder nos corte las cabezas. Pongámoslas a trabajar día y noche, en unión con nuestras familias, amigos y vecinos, para levantarnos y exigir a los gobiernos la nación libre, soberana, pacífica y segura a la que tenemos derecho tan solo por haber nacido bajo el cobijo de las alas de la democracia.
“(…)Una sociedad despojada de mecanismos e instrumentos políticos para poder expresarse y resolver sus contradicciones de manera política puede generar estallidos de destino desconocido.
(…)No basta denunciar esa perversión. Quizá sea necesario provocar o acelerar una crisis de ese sistema partidocrático. La abstención, tanto la inercial como la que pudiese ser consciente, no sirve. Habría que pensar en algo más preciso y contundente.
Puede ayudar a ello si millones optamos por acudir a las urnas y llenar las boletas con la leyenda: FUERA LA PARTIDOCRACIA”.
En resumen, su propuesta es que en los tiempos que atraviesa México, plenos de inseguridad e ineptitudes, no debemos renunciar al ejercicio de la democracia ni aplicar abstencionismos, sino que debemos hacer uso total de nuestros derechos políticos acudiendo a las urnas, si, pero inutilizando las boletas para hacer evidente nuestro descontento ante la situación actual del país.
Un voto en blanco por sí sólo es un voto perdido, regalado al mejor postor. Un voto no depositado por abstencionismo es más bien cobardía, apatía o indiferencia, y no verdadera protesta social. Pero una papeleta depositada por mano del votante, que además ha sido inutilizada por él mismo mediante una leyenda o una cruz que abarque a todos los candidatos a la vez, no puede significar otra cosa: es un ciudadano inconforme, una verdadera protesta, un ejercicio libre de nuestra capacidad de decir “¡ya basta!”.
Por supuesto que esta idea, aunque aparentemente radical, no es nueva en absoluto. Ya en su novela titulada “Ensayo sobre la lucidez” (editorial Punto de Lectura, México, DF, 2004), el escritor portugués José Saramago, premio Nobel de literatura 1998, lanza al aire una pregunta: ¿qué pasaría si un día de tantos, en una ciudad sin nombre, que pertenece a un país desconocido, en el día de las elecciones más importantes para la región, la práctica totalidad de sus habitantes decidiera presentar su voto en blanco?
Esta no es una pregunta carente de trascendencia. El desarrollo completo de la novela se basa en el caos que tal acto de rebelión podría desencadenar en una nación, en los temores del gobierno ante un gesto revolucionario tan difícil de predecir y descifrar: ¿se trata de una trampa tendida por grupos anarquistas internacionales? ¿se trata de un intento de golpe de estado por parte de extremistas desconocidos? ¿será reflejo de una inconformidad social real, o es sólo consecuencia de la manipulación de intereses ocultos o de poderes fácticos? Porque hay que aceptarlo: un solo voto en blanco, como expusimos antes, no es suficiente. Pero un millón de votos en blanco son ya negocio aparte; no hay país ni institución política que pueda manejar un rechazo de tal magnitud a las vías establecidas de gobierno; no hay estructura social lo suficientemente cimentada como para no colapsarse ante el impacto del terremoto de la voz de un pueblo unificado, terremoto cuyo epicentro es la democracia misma.
Así, todo lo antes dicho lleva a lo siguiente:
La democracia es, sin duda, la forma de gobierno más justa y plural de todas. Los movimientos ideológicos y las luchas revolucionarias e independentistas que se han dado en todo el mundo (y que en nuestro país están a punto de cumplir cien y doscientos años, respectivamente) han tenido como meta principal el derrocamiento de los gobiernos basados en privilegios y opresiones, para establecer aquellos cuyos fundamentos son igualdad social, justicia social, derechos humanos, participación colectiva, equidad en la aplicación de la ley y una constante comunicación entre las cabezas del estado y los miembros del pueblo libre y soberano.
Sin embargo, la democracia no es perfecta. Ninguna forma de gobierno lo es, y esto es sabido desde sus inicios en la Atenas de Pericles. Mientras más sean las personas que intervengan en la toma de decisiones, más complejo se vuelve el proceso, y queda más expuesto a contaminación por errores humanos como la corrupción, el clientelismo, la extorsión, la demagogia y, por supuesto, la llamada democracia dirigida, que no es otra cosa más que la ilusión creada por aquellos que detentan el poder para hacer creer a los pueblos que son capaces de tomar sus propias decisiones y de elegir a sus representantes y gobernantes, cuando en realidad sólo se les permite hacerlo de entre aquellos que ya han sido previamente escogidos dentro de los grupos en el poder, y no de entre el total de la población… tal como sucede en nuestro país.
La democracia directa, que es la forma más pura ejercida desde la Grecia antigua, en la que cada uno de los miembros de la sociedad que cumpla ciertos requisitos tiene derecho a voz y voto, y a representarse a sí mismo dentro de las reuniones de estado, es la que aparente ser la ideal y única a ejercer, pero depende de una condición fundamental que la vuelve inaplicable en nuestros tiempos: una educación suficiente y generalizada, que permita a todos los miembros de la sociedad comprender las necesidades del país y las propuestas que sobre estas presentan sus dirigentes. Es decir: la sociedad completa debe tener un cierto nivel de conocimiento de los diferentes conceptos de política y economía, así como de derecho, para aplicar la democracia directa en forma adecuada, para ser considerada un verdadero grupo de ciudadanos en toda la extensión de la palabra. Y en México, este requisito no se cumple ni siquiera en forma remota, por lo que la democracia directa no es una opción real.
Por otro lado, la democracia indirecta, que es aquella en la que el pueblo elige a sus representantes, para que éstos tomen las decisiones en su nombre, y que es la que se vive en casi todas las naciones en la actualidad, cuenta con la desventaja de ser injusta desde sus inicios, ya que la mayoría de los representantes toma las decisiones sin consultar ni informar al pueblo que los eligió, además de que en general está manipulada por aquella democracia dirigida de la que antes hablamos, lo que hace del ejercicio democrático una compra-venta de votos y de cargos, una carrera desesperada hacia el poder personal o grupal que deja atrás a sus gobernados, que los sumerge en la ignorancia acerca de las realidades que atraviesa su propio país, y que los convierte en presas vulnerables de la corrupción, y en eslabones frágiles ante los continuos golpes de los vicios, la inseguridad, la invasión ideológica y la pérdida de valores.
Pero con todo y sus desventajas, la democracia aún cuenta con herramientas aplicables por parte de los ciudadanos, y una de las más importantes lo es sin duda el sufragio libre y secreto; tan secreto que puede ser emitido en blanco, tan secreto que podemos escribir en él nuestra inconformidad social. El voto es nuestro, de cada uno de los miembros del estado. El uso que de él hagamos depende de nuestra voluntad personal y grupal. El voto no sirve sólo como medio de elección partidista, también puede ser utilizado como vía de denuncia política, de cambio en las instituciones y de transformación social, si esa es la voluntad de los ciudadanos.
Entiéndase bien: hoy yo no estoy invitando a nadie a depositar un voto en blanco, o a escribir una denuncia de hartazgo político en su papeleta. Más bien vengo a invitarlos a buscar vías similares de unión y manifestación ciudadana, a buscar armas dentro del ejercicio democrático para emanciparnos ante la incapacidad política y la corrupción de las que día a día somos presa los ciudadanos de este país. Si miles de personajes de ficción de una novela pudieron unirse para dar una lección a sus gobiernos, ¿por qué no hemos de poder hacerlo nosotros, los ciudadanos de carne y hueso, que sufrimos de los mismos malestares sociales? ¿o es que acaso la apatía ha ganado definitivamente la batalla?
Dice el mismo Saramago, en voz del personaje principal de su novela antes mencionada:
“Es regla invariable del poder que resulta mejor cortar las cabezas antes de que comiencen a pensar, ya que después puede ser demasiado tarde”.
Nosotros, los ciudadanos responsables, no dejemos que el poder nos corte las cabezas. Pongámoslas a trabajar día y noche, en unión con nuestras familias, amigos y vecinos, para levantarnos y exigir a los gobiernos la nación libre, soberana, pacífica y segura a la que tenemos derecho tan solo por haber nacido bajo el cobijo de las alas de la democracia.
sábado, 28 de marzo de 2009
POST INVITADO
-PATRICIA REBECA GARZA PERAZA-
¿QUÉ ES FILOSOFÍA? (Segunda Parte)
El placer que nos brindan las percepciones y el conocimiento inmediato dista de la utilidad que nos ofrezcan las mismas, es decir, somos capaces de sentir agrado por el conocimiento, disfrutamos de la posesión de la sabiduría y de la percepción independientemente de su utilidad. En realidad el arte y la filosofía comienzan donde se pierde el interés por la utilidad y se engrandece el gusto por la cosa misma. Indica, el Exmo. Sr. Jose Ángel Sanchez Asian:
En nuestros días, cualquier fenómeno de “civilización” puede adquirir una dimensión cultural a partir del momento en que deja de ser contemplado, desde una perspectiva puramente utilitaria y pasa a ser una expresión de la vida social.[3]
La filosofía es una locución de lo más intimo de la vida social, es decir, del pensamiento del ser humano, pero no del hombre que vive y trabaja un oficio, sino del hombre que es capaz de contemplar todo aquello que le rodea, de asumirse así mismo como persona, capaz de reflexionar sobre su propia existencia y expresar la concepción del pensamiento dentro de un orden social. Aristóteles señaló: “Todas las artes fueron inventadas cuando se descubrieron las ciencias que no se aplican ni a los placeres ni a las necesidades de la vida”, por el contrario, las artes y las ciencias “nacieron primero en aquellos puntos donde el hombre gozaba de reposo.”[4]
La actividad nos aliena de nuestros pensamientos, el reposo le ofrece al hombre dos cosas, la preocupación y la reflexión. Los momentos de reposo nos ofrecen la variedad de nuestra persona, que en ocasiones nos preocupa y nos incita hacia una nueva actividad con el fin de olvidar aquello a lo que nos enfrentamos, pero que en otras circunstancias nos permite conocernos a nosotros mismos, ser sujetos y objetos del pensamiento, y asumir la propia existencia dentro de un ámbito. Cuando el hombre inteligente se enfrenta al ocio es capaz de reflexionar y crear, por esta razón Aristóteles asumió que las artes y la filosofía, no nacieron de los momentos donde el hombre activo cosechaba o forraba zapatos sino de los momentos de calma que le permitían reflexionar sobre la existencia.
Todas las artes de que hablamos estaban inventadas, cuando se descubrieron estas ciencias que no se aplican ni a los placeres ni a las necesidades de la vida. Nacieron primero en aquellos puntos donde los hombres gozaban de reposo.[5]
El hombre contemplativo es diferente del hombre activo, por que el hombre de oficio, se distingue de la mayoría de las personas, no sólo no gusta de la creación de las cosas comunes sino que se abstrae y crea algo totalmente inútil expresando así su genialidad como artista o como filósofo:
Es entonces, natural que quien en los primeros tiempos inventó un arte, separado de las sensaciones comunes, fuese admirado por los hombres, no sólo por la utilidad de los inventos, sino como sabio y distinto a los otros, y que al inventarse otras artes, orientadas algunas a las necesidades de la vida y otras a lo que la adorna, siempre fuese considerados más sabios los inventores de estas últimas por que sus ciencias no poseían utilidad.[6]
Esta capacidad de reflexión y de creación del arte y las ciencias llevaron al hombre a crear la Ciencia de la Filosofía,[7] conocimiento que interesa a la presente tesis y al cual Aristóteles señala como la ciencia que estudia las primeras causas y principios.[8]
- Causas y principios de la ciencia filosófica
Para poder estudiar la ciencia filosófica[9], es necesario examinar qué causas y de qué principios se ocupa.[10] La actividad y oficio del filósofo consiste la capacidad de analizar el conjunto de las cosas, es decir, conoce la ciencia en general, pero en sí no posee y desconoce la ciencia de cada una de las cosas en particular.
La filosofía busca y estudia las causas últimas desde la razón misma, la herramienta con la que trabaja el filósofo no es el martillo o el microscopio sino el propio pensamiento, a partir del cual busca conocer la realidad de todo lo existente, sin ahondar en las ciencias particulares por no ser importantes para su estudio.[11] El filósofo, adquiere el conocimiento de las cosas arduas, aquellas a las que no se obtiene si no se vencen grandes dificultades. Como sabemos, el ser humano es capaz de interiorizar dentro de su ser, por medio de los sentidos, sin embargo dicho acto no posee ninguna característica filosófica, por el contrario, alcanzar las causas últimas de las cosas usando como único medio la razón, es un esfuerzo difícil, diferente a la percepción. Implica, la facultad propia del hombre, es decir, la inteligencia.
Por lo tanto es posible decir que el quehacer filosófico es aquel que se distingue por conocer las cosas complejas y posee la capacidad de explicarlas. Esta ciencia conoce con mayor exactitud y es capaz de enseñar las causas que proporcionan los efectos de la realidad cognoscible a nuestros sentidos. Por lo que llamaremos filósofo a la persona que puede obtener el conocimiento de las cosas arduas, aquellas a las que no se llega sino venciendo graves dificultades. En efecto, obtener la capacidad de conocimiento a través de los sentidos es una facultad común a todos, y un conocimiento que se adquiere sin esfuerzos no tiene nada de filosófico. [12]
El rol del filósofo, dentro de la sociedad, versa sobre investigar la ciencia de lo general o bien de lo universal, pero este conocimiento difícil, diferente a la percepción que se ofrece inmediatamente a los sentidos. Implica un esfuerzo importante de la razón, ahí que la filosofía sea la ciencia de todas las cosas, pues todas las cosas se comprenden bajo lo general o universal y no bajo lo particular.
El filósofo, que posee perfectamente la ciencia de lo general, tiene por necesidad la ciencia de todas las cosas, porque un hombre de tales circunstancias sabe en cierta manera todo lo que se encuentra comprendido bajo lo general. Pero puede decirse también, que es muy difícil al hombre llegar a los conocimientos más generales; como que las cosas que son objeto de ellos están mucho más lejos del alcance de los sentidos. [13]
La ciencia filosófica, es aquella que se desea por si misma, es decir, busca el conocimiento per se, por que no es una ciencia que indague resultados,[14] aunque el filósofo haga lo propio, es decir, queda inmerso en la filosofía especulativa, no busca otro beneficio que el de proporcionar el placer del conocimiento.
Recordemos que los primeros filósofos iniciaron a hacer este oficio por que se admiraban de las cosas, primero de los fenómenos más comunes y luego fueron avanzando a problemas mayores, es decir, el hombre en busca del conocimiento estaba conciente de su ignorancia y esta conciencia motivado por la admiración lo llevó a conocer las causas generales de las cosas, para luego poder explicarlas.
La palabra admiración deriva del latín admiratĭo, ōnis, referente al acto de causar sorpresa a la vista o consideración de algo extraordinario o inesperado.[15] La admiración es el efecto que se suscita, que surge, no comprendemos ni a la admiración ni a la filosofía como algo que siempre ha estado ahí sino algo abrupto que apareció a partir de la percepción de lo desconocido. Al respecto Leonardo Polo, menciona que la admiración ante todo es súbita, es decir, es una percepción repentina.[16] Es de entenderse que en un principio, la admiración dista de la verdad, pues todavía no se adecua a la realidad, simplemente la percibe, y sin embargo es la causal de salir en busca de lo verdadero.
La filosofía es una ciencia soberana, podríamos asegurar que es superior a otras subordinadas, pues ésta dicta que debe de hacerse en cada cosa, mientras que las ciencias subordinadas dictan que debe hacerse en casos particulares. Según Protágoras es tan bella y perfecta la filosofía que solo un dios podría tener el privilegio de gozar de ella. [17] La ciencia soberana, la ciencia superior a toda ciencia subordinada, es aquella que conoce el por qué debe hacerse cada cosa. Y este por qué es el bien de cada ser, que, tomado en general, es lo mejor en todo el conjunto de los seres.[18]
[1] Aristóteles, Metafísica, L I. Ed. Cumber, México , 1981, p. 3.
[2]Ibidem.
[3] Sánchez Asiain, Jose Ángel, La empresa como realidad estética, Real academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid, 1991, p. 24.
[4] Ibid. p. 6
[5] Ibid. p.6.
[6] ibidem.
[7] Σοφια Sabiduría. Aristóteles emplea el concepto sucesivamente en el sentido popular y en su sentido elevado, que es la sabiduría por excelencia, la Filosofía.
[8] Todo lo que sobre este punto nos proponemos decir ahora, es que la ciencia que se llama Filosofía es, según la idea que generalmente se tiene de ella, el estudio de las primeras causas y de los principios. Ibid. p.8.
[9] Asumimos a la filosofía como ciencia, según los Segundos Analíticos, el libro II de la Física y el de la Metafísica en los cuales Aristóteles define a la ciencia como el “Conocimiento por causas.”
[10] Esta tarea la llevaremos a cabo a partir de un análisis Aristotélico- Tomista.
[11]Aristoteles, Metafísica, L I C.2. Ed. Cumber, México , 1981, p.7.
[12]. Aristóteles, Metafísica, L I C.2. Patricio de Azcaráte. Obras de Aristóteles., Madrid, 1875, tomo 10, p 55-58.
[13] Ibidem.
[14] La filosofía es capaz de ofrecer resultados los cuales más adelante hablaremos. Uno sería la diferencia entre la Filosofía especulativa y la Filosofía práctica, sin embargo la Filosofía en sí misma lo que busca es el conocimiento per se, no busca resultados aunque es capaz de ofrecerlos.
[15] Academia Mexicana de la Lengua. Ver en la internet el Diccionario de la lengua española. http://www.academia.org.mx/rae.php
[16] “Sin embargo la admiración es más que un sentimiento, intentaré describirla: ante todo es súbita; de pronto me encuentro desconcertado ante la realidad que se me aparece, abarcada, en toda su amplitud. Hay entonces como una incitación. La admiración tiene que ver con el asombro, con la apreciación de la novedad; el origen de la filosofía es algo así como un estreno. A ese estreno se añade el de ponerse a investigar aquello que la admiración presenta como todavía no sabido. ... quien no se admira no será nunca filósofo.” Polo, Leonardo. Introducción a la Filosofía, Ibid. P. 22, 100.
[17] “Llegar a ser hombre de bien es, por cierto, difícil de verdad”, pero posible por un cierto tiempo; pero una vez alcanzado esto, permanecer en esta disposición y “ser hombre de bien”, como tú dices, Pítaco, imposible e inhumano, ya que “Sólo un dios tendría tal dominio”. Platón. Protágoras. Diálogos, Gredos, Madrid, 1999, p.344.
[18] Ibidem.
¿QUÉ ES FILOSOFÍA? (Segunda Parte)
-Todos los hombres tienen el deseo de saber
Con esta cita inicia el libro la Metafísica de Aristóteles[1], refiriéndose a la idea de que el hombre es una criatura que no sólo tiene la capacidad de conocer, sino que tiene la avidez o bien el gusto por la sabiduría. Este apetito encuentra placer en una primera fase en las percepciones que nos ofrecen nuestros sentidos externos, es decir, en el gusto, el tacto, el olfato, el oído, pero principalmente en la visión. En efecto, no sólo para obrar, sino también para el ocio, preferimos el sentido de la vista a todos los otros sentidos. [2]
Con esta cita inicia el libro la Metafísica de Aristóteles[1], refiriéndose a la idea de que el hombre es una criatura que no sólo tiene la capacidad de conocer, sino que tiene la avidez o bien el gusto por la sabiduría. Este apetito encuentra placer en una primera fase en las percepciones que nos ofrecen nuestros sentidos externos, es decir, en el gusto, el tacto, el olfato, el oído, pero principalmente en la visión. En efecto, no sólo para obrar, sino también para el ocio, preferimos el sentido de la vista a todos los otros sentidos. [2]
El placer que nos brindan las percepciones y el conocimiento inmediato dista de la utilidad que nos ofrezcan las mismas, es decir, somos capaces de sentir agrado por el conocimiento, disfrutamos de la posesión de la sabiduría y de la percepción independientemente de su utilidad. En realidad el arte y la filosofía comienzan donde se pierde el interés por la utilidad y se engrandece el gusto por la cosa misma. Indica, el Exmo. Sr. Jose Ángel Sanchez Asian:
En nuestros días, cualquier fenómeno de “civilización” puede adquirir una dimensión cultural a partir del momento en que deja de ser contemplado, desde una perspectiva puramente utilitaria y pasa a ser una expresión de la vida social.[3]
La filosofía es una locución de lo más intimo de la vida social, es decir, del pensamiento del ser humano, pero no del hombre que vive y trabaja un oficio, sino del hombre que es capaz de contemplar todo aquello que le rodea, de asumirse así mismo como persona, capaz de reflexionar sobre su propia existencia y expresar la concepción del pensamiento dentro de un orden social. Aristóteles señaló: “Todas las artes fueron inventadas cuando se descubrieron las ciencias que no se aplican ni a los placeres ni a las necesidades de la vida”, por el contrario, las artes y las ciencias “nacieron primero en aquellos puntos donde el hombre gozaba de reposo.”[4]
La actividad nos aliena de nuestros pensamientos, el reposo le ofrece al hombre dos cosas, la preocupación y la reflexión. Los momentos de reposo nos ofrecen la variedad de nuestra persona, que en ocasiones nos preocupa y nos incita hacia una nueva actividad con el fin de olvidar aquello a lo que nos enfrentamos, pero que en otras circunstancias nos permite conocernos a nosotros mismos, ser sujetos y objetos del pensamiento, y asumir la propia existencia dentro de un ámbito. Cuando el hombre inteligente se enfrenta al ocio es capaz de reflexionar y crear, por esta razón Aristóteles asumió que las artes y la filosofía, no nacieron de los momentos donde el hombre activo cosechaba o forraba zapatos sino de los momentos de calma que le permitían reflexionar sobre la existencia.
Todas las artes de que hablamos estaban inventadas, cuando se descubrieron estas ciencias que no se aplican ni a los placeres ni a las necesidades de la vida. Nacieron primero en aquellos puntos donde los hombres gozaban de reposo.[5]
El hombre contemplativo es diferente del hombre activo, por que el hombre de oficio, se distingue de la mayoría de las personas, no sólo no gusta de la creación de las cosas comunes sino que se abstrae y crea algo totalmente inútil expresando así su genialidad como artista o como filósofo:
Es entonces, natural que quien en los primeros tiempos inventó un arte, separado de las sensaciones comunes, fuese admirado por los hombres, no sólo por la utilidad de los inventos, sino como sabio y distinto a los otros, y que al inventarse otras artes, orientadas algunas a las necesidades de la vida y otras a lo que la adorna, siempre fuese considerados más sabios los inventores de estas últimas por que sus ciencias no poseían utilidad.[6]
Esta capacidad de reflexión y de creación del arte y las ciencias llevaron al hombre a crear la Ciencia de la Filosofía,[7] conocimiento que interesa a la presente tesis y al cual Aristóteles señala como la ciencia que estudia las primeras causas y principios.[8]
- Causas y principios de la ciencia filosófica
Para poder estudiar la ciencia filosófica[9], es necesario examinar qué causas y de qué principios se ocupa.[10] La actividad y oficio del filósofo consiste la capacidad de analizar el conjunto de las cosas, es decir, conoce la ciencia en general, pero en sí no posee y desconoce la ciencia de cada una de las cosas en particular.
La filosofía busca y estudia las causas últimas desde la razón misma, la herramienta con la que trabaja el filósofo no es el martillo o el microscopio sino el propio pensamiento, a partir del cual busca conocer la realidad de todo lo existente, sin ahondar en las ciencias particulares por no ser importantes para su estudio.[11] El filósofo, adquiere el conocimiento de las cosas arduas, aquellas a las que no se obtiene si no se vencen grandes dificultades. Como sabemos, el ser humano es capaz de interiorizar dentro de su ser, por medio de los sentidos, sin embargo dicho acto no posee ninguna característica filosófica, por el contrario, alcanzar las causas últimas de las cosas usando como único medio la razón, es un esfuerzo difícil, diferente a la percepción. Implica, la facultad propia del hombre, es decir, la inteligencia.
Por lo tanto es posible decir que el quehacer filosófico es aquel que se distingue por conocer las cosas complejas y posee la capacidad de explicarlas. Esta ciencia conoce con mayor exactitud y es capaz de enseñar las causas que proporcionan los efectos de la realidad cognoscible a nuestros sentidos. Por lo que llamaremos filósofo a la persona que puede obtener el conocimiento de las cosas arduas, aquellas a las que no se llega sino venciendo graves dificultades. En efecto, obtener la capacidad de conocimiento a través de los sentidos es una facultad común a todos, y un conocimiento que se adquiere sin esfuerzos no tiene nada de filosófico. [12]
El rol del filósofo, dentro de la sociedad, versa sobre investigar la ciencia de lo general o bien de lo universal, pero este conocimiento difícil, diferente a la percepción que se ofrece inmediatamente a los sentidos. Implica un esfuerzo importante de la razón, ahí que la filosofía sea la ciencia de todas las cosas, pues todas las cosas se comprenden bajo lo general o universal y no bajo lo particular.
El filósofo, que posee perfectamente la ciencia de lo general, tiene por necesidad la ciencia de todas las cosas, porque un hombre de tales circunstancias sabe en cierta manera todo lo que se encuentra comprendido bajo lo general. Pero puede decirse también, que es muy difícil al hombre llegar a los conocimientos más generales; como que las cosas que son objeto de ellos están mucho más lejos del alcance de los sentidos. [13]
La ciencia filosófica, es aquella que se desea por si misma, es decir, busca el conocimiento per se, por que no es una ciencia que indague resultados,[14] aunque el filósofo haga lo propio, es decir, queda inmerso en la filosofía especulativa, no busca otro beneficio que el de proporcionar el placer del conocimiento.
Recordemos que los primeros filósofos iniciaron a hacer este oficio por que se admiraban de las cosas, primero de los fenómenos más comunes y luego fueron avanzando a problemas mayores, es decir, el hombre en busca del conocimiento estaba conciente de su ignorancia y esta conciencia motivado por la admiración lo llevó a conocer las causas generales de las cosas, para luego poder explicarlas.
La palabra admiración deriva del latín admiratĭo, ōnis, referente al acto de causar sorpresa a la vista o consideración de algo extraordinario o inesperado.[15] La admiración es el efecto que se suscita, que surge, no comprendemos ni a la admiración ni a la filosofía como algo que siempre ha estado ahí sino algo abrupto que apareció a partir de la percepción de lo desconocido. Al respecto Leonardo Polo, menciona que la admiración ante todo es súbita, es decir, es una percepción repentina.[16] Es de entenderse que en un principio, la admiración dista de la verdad, pues todavía no se adecua a la realidad, simplemente la percibe, y sin embargo es la causal de salir en busca de lo verdadero.
La filosofía es una ciencia soberana, podríamos asegurar que es superior a otras subordinadas, pues ésta dicta que debe de hacerse en cada cosa, mientras que las ciencias subordinadas dictan que debe hacerse en casos particulares. Según Protágoras es tan bella y perfecta la filosofía que solo un dios podría tener el privilegio de gozar de ella. [17] La ciencia soberana, la ciencia superior a toda ciencia subordinada, es aquella que conoce el por qué debe hacerse cada cosa. Y este por qué es el bien de cada ser, que, tomado en general, es lo mejor en todo el conjunto de los seres.[18]
[1] Aristóteles, Metafísica, L I. Ed. Cumber, México , 1981, p. 3.
[2]Ibidem.
[3] Sánchez Asiain, Jose Ángel, La empresa como realidad estética, Real academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid, 1991, p. 24.
[4] Ibid. p. 6
[5] Ibid. p.6.
[6] ibidem.
[7] Σοφια Sabiduría. Aristóteles emplea el concepto sucesivamente en el sentido popular y en su sentido elevado, que es la sabiduría por excelencia, la Filosofía.
[8] Todo lo que sobre este punto nos proponemos decir ahora, es que la ciencia que se llama Filosofía es, según la idea que generalmente se tiene de ella, el estudio de las primeras causas y de los principios. Ibid. p.8.
[9] Asumimos a la filosofía como ciencia, según los Segundos Analíticos, el libro II de la Física y el de la Metafísica en los cuales Aristóteles define a la ciencia como el “Conocimiento por causas.”
[10] Esta tarea la llevaremos a cabo a partir de un análisis Aristotélico- Tomista.
[11]Aristoteles, Metafísica, L I C.2. Ed. Cumber, México , 1981, p.7.
[12]. Aristóteles, Metafísica, L I C.2. Patricio de Azcaráte. Obras de Aristóteles., Madrid, 1875, tomo 10, p 55-58.
[13] Ibidem.
[14] La filosofía es capaz de ofrecer resultados los cuales más adelante hablaremos. Uno sería la diferencia entre la Filosofía especulativa y la Filosofía práctica, sin embargo la Filosofía en sí misma lo que busca es el conocimiento per se, no busca resultados aunque es capaz de ofrecerlos.
[15] Academia Mexicana de la Lengua. Ver en la internet el Diccionario de la lengua española. http://www.academia.org.mx/rae.php
[16] “Sin embargo la admiración es más que un sentimiento, intentaré describirla: ante todo es súbita; de pronto me encuentro desconcertado ante la realidad que se me aparece, abarcada, en toda su amplitud. Hay entonces como una incitación. La admiración tiene que ver con el asombro, con la apreciación de la novedad; el origen de la filosofía es algo así como un estreno. A ese estreno se añade el de ponerse a investigar aquello que la admiración presenta como todavía no sabido. ... quien no se admira no será nunca filósofo.” Polo, Leonardo. Introducción a la Filosofía, Ibid. P. 22, 100.
[17] “Llegar a ser hombre de bien es, por cierto, difícil de verdad”, pero posible por un cierto tiempo; pero una vez alcanzado esto, permanecer en esta disposición y “ser hombre de bien”, como tú dices, Pítaco, imposible e inhumano, ya que “Sólo un dios tendría tal dominio”. Platón. Protágoras. Diálogos, Gredos, Madrid, 1999, p.344.
[18] Ibidem.
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