jueves, 30 de mayo de 2013

LA DEMOCRACIA COMO OBSESIÒN


Quisiera comenzar el día de hoy parafraseando a Julio Hubard, quien en su excelente ensayo “Cómo se pierden las Democracias” describe a estas últimas de la siguiente manera: “Comparada con otros sistemas, que se proponen como montañas edificadas, sólidas, completas, invulnerables ante meteoros, la democracia es una choza de palos en una explanada. Su fragilidad requiere constante mantenimiento, cambiar partes, amarrarlas, repararlas.”
He insistido ya en numerosas ocasiones dentro de estos escritos en decir que la Democracia es la más veleidosa e inestable forma de gobierno. En general, debemos aceptar que los poderes impuestos, como la Monarquía, la Oligarquía y la Aristocracia, dejan poco espacio para que la toma de decisiones pueda verse alterada, y las pugnas por dicho poder son poco evidentes. En general estas formas de gobierno se erigen sobre a núcleos jerárquicos bien establecidos y articulados, con mínima o nula intervención de la libre elección, lo que de un modo u otro mantiene la fluidez. Al pueblo, en estos casos, sólo le queda aceptar y asentir.
Pero al hablar de democracia, los errores de interpretación y de sistema comienzan desde sus primeros tiempos, en su nacimiento griego.
Es muy común escuchar a nuestros políticos o estudiosos del poder enorgullecerse de la democracia ateniense, e incluso colocarla en sus discursos una y otra vez como ejemplo de aquello a lo que nuestras democracias actuales se deben orientar. Para muchos políticos, Atenas es el ejemplo de la utopía en el Estado, hacia la que nos debemos orientar.
Sin embargo, existen diferencias de fondo y forma que resultan ineludibles si es que en verdad queremos comparar el gobierno de los tiempos de Clístenes (507 a.C) con nuestros sistemas actuales. Y podríamos comenzar por recordar que, en Atenas, la participación en asuntos del estado no estaba abierta a todos los individuos de una Polis (ciudad) determinada: la Ekklesía, o asamblea popular, sólo estaba integrada por los denominados “ciudadanos”, que eran los griegos varones mayores de edad, de nacimiento puro, y con suficientes ingresos económicos para poder dedicar una parte de su tiempo a la política. Es decir, las mujeres, los esclavos, los menores de edad, los pobres y los extranjeros quedaban automáticamente excluidos de la asamblea.
Lo anterior, aunque en la actualidad podría ser calificado como  discriminación, sucedía por una razón: aquellos hombres económicamente acomodados podían acceder a la educación, que no era un bien social como en la actualidad, sino más bien un privilegio de los hijos varones de las clases sociales más pudientes. De este modo los Nomóthetai (legisladores) y los miembros del Dikasterión (tribunal popular) se aseguraban de que quienes tuviesen en sus manos las importantes decisiones sobre la Polis ateniense contasen con la preparación suficiente para comprender la relevancia de dichos actos, no se dejarían intimidar, encantar o engañar tan fácilmente por los oradores y sus discursos, y contarían además con la capacidad económica suficiente para respaldar al Estado en sus diversos actos.
Pero alrededor de doscientos años después, cuando en los tiempos de Demóstenes se abren las puertas a la participación de sectores más amplios –y por tanto, menos preparados- del pueblo en la asamblea, fue cuando la toma de decisiones se volvió complicada y desorganizada, permitiendo el surgimiento de sofistas y demagogos quienes, con sus elaborados discursos llenos de metáforas y palabras intrincadas, prometían “gloria y revancha”, encantando el oído de las nacientes masas, y dando pie a la caída definitiva de la democracia ateniense a manos de aquellos que siempre buscan poder a cualquier costo, incluso a cambio de la mentira y la promesa vacía, logrando que sean los mismos ciudadanos quienes además los eligiesen y sirviesen. ¿Nos suena acaso familiar?
Hasta la próxima semana.

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