sábado, 29 de marzo de 2008

UN CUENTO SURREALISTA

Quizá todo acaba por volverse espera...
De hecho, he llegado a la nada original conclusión de que si no tenemos cuidado, si callamos demasiado, nuestra vida puede acabar por convertirse en una espera tras otra, espera tras espera... vacío hasta el fin.
Sé que gritar no arregla las cosas, pero ¡Dios! ¡Qué bien se siente! Gritar, reclamarle al mundo una y otra vez, descargarse, romperse el cuerpo, partirse en dos para salir de uno mismo, para llegar a ser desnudo y de pié ante el silencio negligente de las paredes frías de un cuarto ausente... de un lugar tan solitario que ni siquiera me tiene a mí, porque mi mente se encuentra lejos, disimulada. Y pienso: ¿Hacia dónde se dirige mi vida? ¿ y mi muerte? ¿Y mi sueño? ¿Hacia dónde mi desesperación, mi desgano, mi dicha de sentirme desdichado? ¿Hacia mí? ¿Hacia ti? ¿Hacia mi necesidad de tener algo entre las manos? No lo sé; son demasiadas preguntas para una sola persona. No hay cajas de música que me ayuden a despertar.
¿Preguntas cuál es mi camino? Es este que escribo. No hay ninguno otro. Camino al día. Camino donde me gusta caminar. Camino sobre las letras, entre las palabras, bajo las ideas: camino solo. Caminaba solo. Y gritaba solo. Y luego me sostenía de cada palabra que había gritado para gritar aún más, con más fuerza, para crear nuevos reclamos como los juegos de bloques armables de los niños que lo mismo construyen una flor o la peor de las masacres... y siguen sin perder sus brillantes colores cotidianos. Azul, rojo, negro... así gritaba, con gritos pasivos - agresivos cuyo significado sólo era para mí, cuya vida se ahogaba en las mareas del agitado mar de mi interior.
Pero ahora lo sé: tú también gritas. Te gusta gritar. O tal vez lo necesitas. No importa: maldices, reclamas, te rompes en ti y también, a lo lejos, piensas...
Y ahora me siento emocionado porque deseas acabar, disolverte, repartirte entre mil voces nunca escritas tanto como lo deseo yo.
¿Quieres gritar? Grita. Yo gritaré contigo. Tal vez gritando juntos algo –o alguien-nos escuche. Tal vez gritando al mismo tiempo logremos despertar el ansia que dormita dentro de nosotros y que nos sueña con desprecio. Grita. Gritemos. Ya hemos gritado antes, pero tal vez no en el mismo tono, no en la misma nota, no con la misma desesperación. Sal de ti. Puedes sentirte, perderte, encontrarte, pensarte lejos o cerca. Puedes dibujarte en el cansancio, lanzarte hacia ti para salir flotando en el reflejo –el tuyo o el de los otros- y de nuevo pensar que sigues lejos de todos o cerca de la voz ahogada que no te deja maldecir... pero no, callar no. No debes callar. Aquí no hay lugar para silencios.
Con los días he descubierto que compartimos la misma soledad... y al saberlo me doy cuenta de que me siento aún más solo.

sábado, 8 de marzo de 2008

CONSTITUCIÓN MEXICANA -Segunda Parte-

Hemos recordado dos de los antecedentes históricos fundamentales en la historia del Constitucionalismo en México: las Cartas Magnas de 1824 y 1857. Pero no todo es historia en el estudio de nuestra Constitución.
Ahora vamos a abordar algúnas preguntas que deberían resultar fundamentales para todo Ciudadano -en el más Aristotélico de los conceptos-: ¿Qué papel juega una Constitución Política en la historia, el desenvolvimiento, la estructuración y el futuro de las Naciones? ¿En qué momento surge como necesidad la creación de un órgano legislativo máximo? y, sobre todo ¿Es real la tan discutida necesidad de reformar nuestra Carta Magna?
Nosotros, como pueblo mexicano en la actualidad, podemos considerarnos afortunados. Disfrutamos casi sin pensarlo de las garantías y privilegios que nuestra Carta Magna nos brinda, y no necesitamos detenernos a pensar de dónde provienen cada uno de ellos. Quizá eso provoque que en muchas ocasiones no valoremos como es debido el estado de derecho en el que ahora nos podemos desenvolver con entera libertad.
Pero desde mucho antes en México, con el establecimiento de un Virreinato y con la declaración de nuestro territorio como una Nueva España –es decir, como una colonia más del Imperialismo Español— las posibilidades de igualdad y desarrollo conjunto para todo el pueblo, en todos sus estratos socioeconómicos y castas, eran prácticamente inexistentes, dándose condiciones distintas que impedían o limitaban las voluntades y derechos de los hombres.
Así, vemos cómo Morelos en los Sentimientos de la Nación declara que en México nunca más debería existir una corona, y que nuestro Territorio en adelante sería independiente del poder español. De manera similar, subsanando necesidades distintas en cada período, vemos a Gómez Farías y a los Constituyentes Federalistas de 1824 declarar la división de México en estados y municipios con libertad de legislación, con representación obtenida por comicios electorales y dirigidos por un poder Ejecutivo apoyado en Cámaras; vemos a Juárez y a los Constituyentes de 1857 hacer efectivas las leyes de Reforma, manteniendo al ejército y a la iglesia fuera de las decisiones del Estado, declarado laico, y expropiando los bienes del Clero para anular su poder político; y finalmente vemos a Carranza y a los Constituyentes de Querétaro de 1917 dar la declaratoria final sobre las Garantías Individuales de las que todos los Mexicanos somos merecedores, demarcando el territorio nacional y la protección de sus productos e intereses, y confirmando la no reelección.
¿A qué vamos con todo esto? Sencillo: las Constituciones de los pueblos surgen para encarar las necesidades apremiantes que los mismos van presentando en diversos momentos históricos, con el fin de que las generaciones venideras puedan verlas resueltas y disfrutar de la estabilidad de la Nación y de la sana relación Individuo– Estado que sólo leyes justas y equitativas son capaces de brindar. Una Constitución se convierte en cimiento, en columna vertebral de los derechos, deberes, gobernanza -término del que hablaremos en futuros textos- que conforman esa esencia vital de todo gobierno democrático a la que conocemos como Estado de Derecho.
Sin la estructura y el sostén legislativo que sólo una Constitución Política bien planeada puede ofrecer, las Naciones se colapsarían sobre sí mismas, bajo el peso de las demandas sociales, la inestabilidad económica, la pérdida de valores y libertades, el libertinaje y corrupción de los gobiernos y la invasión de intereses ajenos o poderes extranjeros.
Ahora bien, al comentar el tema con algunos expertos, múltiples cuestiones surgieron dentro de la tertulia al comparar la actitud de los Constituyentes de hace 91 y 151 años con la que mantienen los Legisladores en la actualidad, y se formularon las que serían las preguntas más interesantes de la noche: ¿En verdad se requieren tantas reformas a los artículos de nuestra Constitución? ¿Debemos permitir que sus preceptos sigan viéndose alterados para conveniencias e intereses políticos, como se ha venido dando desde hace tres o cuatro sexenios? ¿No sería mejor crear una nueva Carta Magna que se ajuste a las necesidades y exigencias de nuestros tiempos, en vez de seguir cambiando año con año la que ahora nos rige? En resumen, ¿La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos debe ser reemplazada?
Este es un punto vital. Los cambios en la estructura de algunas garantías individuales, de los requisitos previamente establecidos para ocupar cargos públicos de alta jerarquía en nuestro país, y las modificaciones tendientes a fortalecer el presidencialismo y a restaurar al clero muchas de las atribuciones que con las Leyes Juárez y Lerdo había perdido no son sino secretos a voces. Lentamente, se ha ido carcomiendo el ideario original de los Constituyentes del ’17; unas veces para bien, la mayoría de ellas no tanto. ¿Ejemplos? El retiro del concepto de "Educación Laica" del Artículo 3o y la permisividad con las Instituciones Religiosas para que puedan llevar a cabo sus manifestaciones de culto fuera de los Templos, en la vía pública, siempre y cuando no se dañen intereses de terceros -situación que, de cualquier modo, siempre sucede-.
No perdemos de vista, desde luego, que así como en 1857 fue reformado el precepto que declara que "la religión oficial de la Nación debería ser el catolicismo" -principio que después se mantuvo vivo en la Constitución del '24-, muchas otras leyes y principios deben ser revisadas y ajustadas de acuerdo con el momento histórico, social y cultural que se encuentran atravezando cada uno de los pueblos. Sin embargo, pensar en crear toda una nueva Constitución Política Nacional en nuestros tiempos conlleva sus riesgos. Los grandes movimientos Constituyentes del pasado tuvieron varios puntos importantes en común, que les permitieron obtener sus fines: falta de personalismos o intereses individualistas, grupos plurales conformados por representantes de todos los estratos socioeconómicos, respeto por el pasado histórico de nuestro país, búsqueda del laicismo, el federalismo, la democracia y la libertad e independencia de los estados y municipios, y sobre todo, la meta de colocar a México como Nación Soberana.
En la actualidad, un Congreso Constituyente careciente del suficiente sentimiento patriótico se vería contaminado con intereses partidistas, falta de diálogo común, intolerancia a las ideas ajenas, intervenciones empresariales, movimientos con ideologías propias, resistencia por parte de las corporaciones sindicales con mayor peso político en nuestro país, y ausencia de una representación real de las facciones más desvalidas de la sociedad. ¿El resultado? Caos. Sin olvidar la siguiente aseveración hecha por un buen amigo dentro de la misma reunión: nuestra Constitución mantiene un proyecto de Nación que no se ha explotado al cien por ciento todavía.
La conclusión de todo esto es que quizás México no esté preparado para enfrentar un nuevo movimiento Constitucional. Solidaridad, respeto, desinterés y nacionalismo son ideales aún por rescatar. Se requiere de sembrar en el pueblo un mayor respeto a —y conocimiento de— nuestra actual Carta Magna, para que una vez llegada la hora de dar a luz a una nueva Ley Suprema nos encontremos listos para crearla, valorarla, aplicarla, y defenderla.
Contrario a lo que opinan algunos miembros de las Cámaras del Congreso en la actualidad, nuestra Constitución no es sólo "un texto jurídico más, que puede ser cambiado y ajustado cuando así lo necesite"; y tampoco debemos "desmitificar a una Constitución que para muchos es casi tan sagrada e intocable como un texto bíblico". El Estado Soberano se fundamenta en el documento Constitucional, y si perdemos de vista esta afirmación nuestra Nación podría perder los grandes bienes alcanzados a lo largo de los últimos 200 años de su historia. Porque la Soberanía no es un camino: es un fin, es la manifestación evidente de un estado federalista y democrático bien llevado y dirigido con apego a los preceptos legislativos establecidos en nuestra Constitución.
Brindemos honores a los Grandes Hombres a quienes debemos nuestra Máxima Legislación, y mantengamos en mente que en nuestras manos queda seguir haciendo Historia y perfeccionando nuestras leyes y principios, para que todas las futuras generaciones de Mexicanos sigan viviendo dentro de la protección del derecho, las libertades, la independencia y la paz

sábado, 2 de febrero de 2008

CONSTITUCIÓN MEXICANA -primera parte-

Siendo febrero el mes en que México celebra la promulgación de su Carta Magna, justo es que los escritos de las próximas semanas sean dedicados a estudiar las Constituciones de 1824, 1857 y 1917, así como los "Sentimientos de la Nación" de José María Morelos y Pavón; textos históricos determinantes para las bases de la evolución legislativa y política de nuestro país; de igual modo, para abordar la necesidad o no de realizar modificaciones a nuestra Constitución actual y, finalmente, discutir un poco acerca del papel que juega una Carta Constitutiva en las naciones de nuestros tiempos.
Quiero hoy comenzar hablando de la Constitución de 1857. ¿Por qué no por la de 1824, primera en estricto orden cronológico? ¿Por qué no con la de 1917, Carta vigente cuyo festejo se lleva a cabo precisamente en este mes? La respuesta puede ser desconocida por muchos: porque la Constitución de 1857 también fue promulgada el día 5 de febrero, exactamente 60 años antes que la del Congreso Constituyente de Querétaro. Esto sólo puede significar una cosa: que hace un año, el pasado día 5 de febrero de 2007, se cumplieron 150 años de su promulgación. Fecha nacional en verdad importante, que fue digna de celebrarse y de ser mantenida en mente por los hombres liberales.
Siguiendo el ejemplo de sus antecesores de 1824, personajes tan importantes como Ignacio Ramírez “el Nigromante”, José María Mata, Ponciano Arriaga, Santos Degollado, Melchor Ocampo y Sebastián Lerdo de Tejada, encabezados por el mismo Benito Pablo Juárez García, deciden en 1856 integrarse en Congreso Constituyente para realizar a la legislación las reformas apropiadas, entre las que se encontraba el juicio de amparo que Manuel Crescencio Rejón había dejado inscrito en la Constitución de Yucatán de1840. Otra adición importante fue la declaración de las libertades de expresión, manifestación, asociación, trabajo y enseñanza, además de dejar instituido el verdadero principio democrático mediante tres puntos: exigiendo la elección popular de los Ministros de la Suprema Corte de Justicia; ampliando las facultades de la Cámara de Diputados como representantes del pueblo; y limitando las atribuciones del Poder Ejecutivo. Finalmente, es aquí donde se ve ratificada la “Ley Juárez”, que prohíbe a los tribunales militares y eclesiásticos tomar juicio en asuntos que no sean de su estricta competencia, a la vez que aparece la llamada “Ley Lerdo”, que funge como reguladora del papel que la Iglesia debía desempeñar dentro de la sociedad, desamortizando los bienes de las corporaciones civiles y eclesiásticas. Entre las medidas creadas por los Liberales con el fin de "desarmar el clero" se encontraban: 1.-Separación absoluta de los asuntos de la Iglesia y el Estado; 2.-Supresión de las corporaciones religiosas, cofradías, hermandades y congregaciones religiosas en general; 3.-Cierre de los noviciados en los conventos de monjas, para que ya no hubiese más religiosas; y 4.-Declaración de que pasaban a propiedad de la Nación absolutamente todos los bienes del clero.
Promulgada luego de un año de intenso trabajo, un 5 de febrero de 1857, bajo la divisa final de “Dios y Patria”, este documento abrió paso a la Nación hacia un nuevo mundo, más acorde con el progreso y la lucha ideológica que se venía llevando a cabo desde casi un siglo antes en todo el mundo, sobre todo en Europa continental y América del Norte. Parte integral del movimiento más amplio y complejo que ahora conocemos como Guerra de Reforma, la Constitución de 1857 puede ser considerada como la Carta Liberal por excelencia. Entre sus mayores detractores, representantes de los poderes Conservadores y Religiosos de la época, se encontraban los Generales Fèlix María Zuloaga y Miguel Miramón, quienes criticaban fuertemente los tratados como el de "McLane-Ocampo", realizados por los Liberales con el Gobierno Norteamericano, y se escudaban tras el alegato de que "siendo todos los habitantes de la Nación católicos convencidos, la promulgación y aplicación de las Leyes de Reforma y de la Constitución del 57 sólo beneficiaba y apoyaba a una minoría, y se convertía en un sacrilegio y en una falta de respeto a la moral y las buenas costumbres del País"- sin olvidar que, tanto Zuloaga como Miramón se desempeñaron, en momentos consecutivos, como "Presidentes Legítimos" de México desde la capital, actuando de manera paralela en tiempo y opuesta en ideas al Gobierno de Juárez establecido en Veracrúz-. Los enormes debates que surgieron alrededor de la Constitución del '57 en todo el país, los cambios en el rostro militar, religioso y político que se vivirían en México a partir de su publicación, y el número de Grandes Hombres que intervinieron en su creación hacen de éste uno de los documentos cimentadores de la Patria que ahora disfrutamos. A poco más de 150 años de su promulgación, los librepensadores le rendimos honores.
Pero la Constitución del '57 no ha sido el único documento que ansiaba establecer la gobernabilidad, la legalidad y la paz en nuestro país. El proyecto de Nación que en nuestros días disfrutamos nos viene de mucho más atrás. Los vastos sembradíos de libertad, garantías y legislación parlamentaria que en nuestros tiempos florecen—o intentan florecer— fueron regados generación tras generación con la sangre y las ideas de grandes hombres que buscaban dejar como legado un país verdaderamente soberano, un mejor lugar para vivir.
Treinta y cuatro años antes, el 7 de noviembre de 1823, posterior al derrocamiento de Agustín de Iturbide, el poder Ejecutivo convocó un Congreso integrado tanto por Conservadores como por Republicanos, para buscar establecer una nueva forma de gobierno que fuese distinta a la monarquía. Los Conservadores, integrados por los Borbonistas y los últimos Iturbidistas, pugnaban por establecer un sistema Centralista –es decir, fundamentado en un solo poder que mantuviese todo bajo control— mientras que los Republicanos defendían la idea de una organización Federal para el país –división del territorio en estados, y del gobierno en poderes delegados—. Por lo anterior, los debates fueron largos e intensos. Entre los Republicanos Federalistas destacados, podemos recordar a Miguel Ramos Arizpe y Valentín Gómez Farías, mientras que en el bando de los Conservadores Centralistas destacó Fray Servando Teresa de Mier.
La falta de unidad dentro del mismo Congreso Constituyente, aunada a la inestabilidad provocada por dos puntos de vista tan distintos de lo que podría ser el futuro de la Nación, impulsó a algunos estados a lanzarse a la lucha, además de incentivar la creación de grupos reaccionarios en Jalisco, Colima y en la capital misma, todo lo cual amenazaba con terminar con la tranquilidad y la transitoria estabilidad que el país estaba atravesando. Pero el carácter y la firmeza del poder Ejecutivo permitieron dispersar los motines y sofocar los levantamientos, logrando la captura definitiva de Iturbide en Tamaulipas y dando paso a la continuidad de los trabajos legislativos ya establecidos, con lo que los Federalistas del Congreso pudieron llevar a buen término su propuesta.
De ese modo, el 4 de Octubre de 1824 concluyeron los trabajos con la promulgación de la que se convertiría en la primera Constitución Política del México Independiente, misma que se veía fundamentada en la Carta de Cádiz, en el Plan de Iguala, en los Tratados de Córdoba, y sobre todo en “Los Sentimientos de la Nación”, valiosísima herencia que Don José María Morelos y Pavón dejara grabada dentro de su ideario para mantener vivo el principio libertario y las virtudes humanas aún después de su muerte; herencia de la que hablaremos más a fondo en una semana posterior.
Así nacía nuestra primer Carta Magna, obra de la verdadera lucha liberal y ejemplo de todo aquello cuanto son capaces de lograr quienes están dispuestos a morir por sus ideales. De estos valiosísimos textos -el de 1824 y el de 1857- miles de cosas más, mucho más complejas, se pueden escribir en cientos de páginas. Baste este pequeño resúmen como un rápido antecedente histórico, y para servir de introducción a los escritos que expondré en las próximas tres semanas.

sábado, 26 de enero de 2008

FRATERNIDAD: POR UN CONCEPTO POLÍTICO AMPLIFICADO

“El principio de la Fraternidad resulta una pauta
perfectamente realizable.”
John Rawls

En la Inglaterra de principios del siglo XVIII, las ideas del movimiento conocido como Racionalismo Iluminado comenzaron a inundar los corazones de los librepensadores de la época, siendo llevadas posteriormente hasta la Europa continental, particularmente a Francia, de donde nos llegaron como herencia con el paso de los años. Entre estos conceptos, los tres que cuentan con mayor peso y que por más de 200 años han funcionado como estandarte de diversos movimientos sociales, intelectuales o literarios son LIBERTAD, IGUALDAD y FRATERNIDAD, siendo éste último nuestro motivo de estudio el día de hoy.
¿Qué es realmente Fraternidad? ¿cómo la definimos? ¿la conocemos y practicamos en nuestros tiempos? Y, sobre todo, ¿tiene un concepto tan idealista como la fraternidad un peso intrínseco palpable y suficiente dentro de la sociedad y el mundo modernos? Como es debido, primero deberemos sentar un adecuado marco teórico, e histórico, sobre el cuál podernos desplazar.
La palabra “FRATERNIDAD” proviene del latín FRATERNITAS, que significa “Hermandad”, y que a su vez deriva de FRATER, que significa “Hermano”. Desde la Roma Clásica, este término fue utilizado para describir la relación entre individuos que fuesen hijos de los mismos padres, sin otro tipo de connotación. No es sino hasta el pleno surgimiento del Cristianismo provocado por Constantino, hacia mediados del siglo IV, que la idea de que “Todos somos hijos de un mismo Dios” se volvió generalizada, por lo que se hizo costumbre llamar a todo prójimo “Frater”. Todos Hermanos, hijos de un mismo padre trascendente. Es decir, el término originalmente limitado a la relación familiar rompió sus fronteras y se extendió a la totalidad de la humanidad.
Gracias a este suceso, incluso aquellos que no profesaban el Cristianismo comenzaron a llamar a sus seres queridos y a sus amigos más cercanos “Frater”; y una vez llegado el ápice de la Alta Edad Media, con el surgimiento de las primeras órdenes Monásticas Europeas, los miembros del Clero que pertenecían a las mismas fueron llamados “Frailes”, palabra que proviene de “Fray”, que a su vez se obtuvo por corrupción de “Frater”, es decir, “los Hermanos”. De igual modo, surgen las “Sores”, plural del término “Sor”, derivado de la corrupción de la palabra latina SOROS, que significa “Hermana”.
Pero la primera vez que la palabra FRATERNIDAD tomó la orientación y el significado con el que se entiende en nuestros tiempos fue el 5 de Diciembre de 1790, cuando el Diputado Robespierre presenta ante la Asamblea Francesa el más célebre de sus discursos, en el que sienta las bases para la formación de la Guardia Nacional, donde establecía que, siendo prerrogativa que todo aquel que obtuviese un bien debía hacerlo pensando en obtenerlo también para los que menos tienen, los uniformes de la Guardia deberían llevar bordadas en el pecho las palabras LIBERTAD, IGUALDAD y FRATERNIDAD, para que así nunca olvidaran su compromiso con el pueblo. A partir de ese momento no sólo los hijos de los burgueses, sino también los “canallas” o elementos de la parte explotada del pueblo, podían formar parte de dicha guardia para defender sus derechos y los de sus semejantes, siempre que contaran con más de 18 años y se encontraran físicamente íntegros. Así, se estableció la definición de FRATERNIDAD tal como la tenemos en nuestros tiempos: “Relación afectiva primariamente asociada al amor entre los miembros de la misma familia o grupo, donde nadie espera beneficiarse si no es que, con ello, beneficia también a los más débiles o desaventajados. Esta idea siempre deberá expresar la intensidad de un vínculo que puede ser motor de las acciones sociales altruistas”.
Con esto nos queda claro que FRATERNIDAD significa no sólo buscar mi bienestar, sino que, al mismo tiempo, buscar el de mis semejantes, en un ambiente de paz y concordia.
La FRATERNIDAD juega un papel fundamental, ya que es el único puente o vínculo que logra unir adecuadamente la LIBERTAD—entendida como potencial intrínseco del hombre o de los grupos humanos para autodeterminarse y decidir su rumbo en la vida, siempre que se cuente con los medios personales, sociales y materiales para desempeñar nuestro papel en el pueblo— y la IGUALDAD—que no significa que todos deben tener o hacer lo mismo independientemente de merecerlo o no, como es frecuentemente malinterpretada provocando el surgimiento de corrientes ideológicas como el Socialismo o el Comunismo, sino que todos debemos tener las mismas OPORTUNIDADES para llegar a obtener lo que deseamos de acuerdo con nuestras posibilidades y capacidades—.
Quiero dejar en claro que, cuando consideramos a la Humanidad en general como “nuestros Hermanos”, no lo hacemos como lo dictan los conceptos Teológicos de ninguna religión, ni lo hacemos porque sea nuestra creencia que todos somos hijos de la misma Divinidad. Mas bien, el concepto de Hermandad con la Sociedad tiene también su origen en otro pensador Liberal Francés: Francois-Marie Arouet, mejor conocido por su pseudónimo literario: Voltaire, quien hacia el año de 1734 dentro de sus “Cartas Filosóficas” dejó establecido que la Sociedad debía dejar de ser un rebaño acorralado por la Iglesia—a la que llamaba “la Infame”— para convertirse en un verdadero Taller de trabajo grupal, donde todos vieran por las necesidades y carencias de todos, constituyéndose así una verdadera gran familia, fortalecida por una verdadera Hermandad. Como vemos, en ese momento nació también el concepto actual que nos dice que la Humanidad es un Gran Taller, donde todos debemos Trabajar para obtener bienes generales, ya que es en el trabajo y en la necesidad donde los brazos de empatía y amistad se vuelven fuertes y sinceros.
Para finalizar este escrito, quiero hacer algunos comentarios acerca del estado y concepción de la Fraternidad en la filosofía política actual.
Nuevamente LIBERTAD, IGUALDAD y FRATERNIDAD. A todos nos es bien conocido que los grandes movimientos libertadores del mundo llevaban embebidos, de un modo u otro, los principios de la Ilustración Europea que posteriormente dio a luz al Liberalismo. Siendo así, vemos que las Constituciones, así como muy diversas Instituciones fueron erigidas sobre las Columnas de la Libertad y la Igualdad desde 1720 a la fecha. Pero, después de Robespierre, algo pasó con la Fraternidad en su aplicación dentro de los preceptos establecidos por escrito.
El Filósofo catalán Antoni Doménech, catedrático de la Universidad de Barcelona y especialista en temas de ética y filosofía política, hace en su libro “El Eclipse de la Fraternidad”, publicado en el año de 1989, un profundo estudio histórico para tratar de encontrar el punto en que la Fraternidad, como guía social que pudiese sustentar la formación de leyes, se perdió. Doménech llama a la Fraternidad “El pariente pobre de la tríada”, así como “la cenicienta de los valores democráticos” debido a que, a diferencia de sus compañeras de Terna, Libertad e Igualdad, ni siquiera está recogida en las sucesivas declaraciones de derechos humanos proclamados desde la Revolución Francesa. Establece que, desde el fracaso de la llamada “República de la Fraternidad” en 1848, fracasó también el ideario revolucionario fraternal que había venido dominando la escena política de la democracia europea durante décadas.
Partiendo de este punto, tanto Doménech como el filósofo norteamericano John Rawls en su obra “Teoría de la Justicia”, intentan rescatar a la Fraternidad del olvido político práctico para colocarla nuevamente en el pedestal que le corresponde, estableciendo que dicha FRATERNIDAD, aunque nunca apareció en el papel, “siempre se ha mantenido como determinante del actuar social desde la sombra y a distancia, logrando con su campo gravitacional que a su derredor gire el actuar democrático contemporáneo”.
Con todo esto, y luego de un largo análisis situacional, Doménech concluye que las instituciones democráticas deben estar fuertemente comprometidas en la tarea de hacer de la Fraternidad una tarea política, ya que así los recursos asignados a diversos sectores servirán para alentar el autorrespeto de todos los ciudadanos, y “logrando que la exigencia de Igualdad sea más que una exigencia formal”. De igual modo, Rawls llega a la conclusión de que todo conflicto de intereses dentro del grupo, que provoca leyes de escasez y demandas conflictivas que llevan a la desunión, puede resolverse de manera definitiva eligiendo un sistema social adecuado, basado en la idea de Fraternidad. Es decir, que si bien existen—y deben existir—diferencias entre los miembros de la sociedad, nadie deberá querer tener mayores ventajas a menos que las mismas favorezcan a los desaventajados, o a los peor situados. Así, este principio tan puramente humanitario se convierte, para Rawls, en “un sentido de amistad cívica y de solidaridad moral que incluye la igualdad en la estimación social y excluye todo tipo de hábitos de privilegios o servilismos”.
En conclusión, al estudiar la FRATERNIDAD nos encontramos no sólo ante un principio maravilloso del actuar filosófico que nos lleva a buscar la unión entre los pueblos, y tampoco únicamente ante la necesidad de entender a la Humanidad para hacernos uno con ella y llevar nuestros esfuerzos hacia el bienestar de la totalidad de los individuos. También nos encontramos ante el planteamiento de un problema social real, que en nuestras manos puede quedar el resolver.

sábado, 19 de enero de 2008

ENTROPÍA DE LA CIVILIZACIÓN

Y así sucedió. Hace poco más de seis años, un día martes 11 de septiembre de 2001, atestiguamos el ataque del que fue víctima el pueblo norteamericano. Miles de fallecidos, heridos incontables... cuatro aeronaves de dos de las compañías más fuertes de la nación americana secuestradas, supuestamente a punta de navajas y cuchillos, por hombres cegados por el fanatismo que entregaron su vida de forma suicida sólo con la finalidad de golpear al gigante mundial en los símbolos máximos de su poder: el Pentágono—paradigma del poder militar—; y las torres del World Trade Center—representativas en aquel momento del control económico—. Hipótesis diversas, de las que la mas aceptada adjudicó el origen intelectual del ataque a grupos fundamentalistas Afganos, terroristas resentidos por la continua intervención norteamericana en los conflictos y negocios del Medio Oriente, y que los acusaban de mantener intereses sólo a favor de su propio Imperialismo.
Desde ese momento llegó a mi mente, tal vez por una lógica inconsciente, un solo concepto: Entropía.
La Entropía no es otra cosa que un principio físico, matemático y estadístico que afirma que, dentro de todo sistema, grupo o conjunto ordenado, siempre habrá una medida de desorden o caos interno, amenazando con romper dicha secuencia, y mientras mayor sea el orden reinante, mayor presión se ejercerá sobre el desorden interno, hasta que dicho caos domine el sistema, superando al orden primario, obligando al conjunto de elementos a destruirse y regresar al punto de origen. Todo sistema en movimiento tiende a frenarse paulatinamente, hasta que llegue la inmovilidad absoluta, y con ella, el fin de ese sistema, el regreso al principio. Todo sistema en expansión, mientras más crece, más riesgo tiene de colapsarse. Todo aquello que contiene o produce calor o energía, tiende a enfriarse o apagarse. En resumen: a mayor orden, mayor tendencia al caos; mientras más complejo y organizado sea un sistema, más tiempo, trabajo, medios y energía serán necesarios para mantenerlo de ese modo y, por lo tanto, los riesgos de que ese sistema caiga o sea destruido aumentan con el paso del tiempo. Es como construir un castillo de naipes: mientras más grande y alto es, más hermoso y ordenado nos parece… pero a la vez, mayor es el riesgo de que el más mínimo soplo o movimiento nos deje con nada más que un montón de barajas regadas sobre la mesa.
Y no estamos hablando de fatalismo, magia o misticismo... todo es un principio científico bien fundamentado con años de investigación: es la relativamente nueva matemática del caos, respaldada por la sociología, la mecánica cuántica, la astrofísica, la filosofía, la ciencia política, la química, la física, la biología…
Siendo así, vemos que este principio es aplicable a cualquier sistema: al universo en expansión—destinado a un probable “Big Crunch” o colapso—, al cuerpo humano—que ha de envejecer—, a las fuentes de energía—que han de agotarse—, a los ecosistemas— que en algún momento pierden su equilibrio— y, desde luego, al centro de nuestro estudio en estas Tertulias de Filósofos: la Sociedad.
Ahora bien, una vez aclarado el concepto de Entropía, establezcamos algunas referencias históricas.
¿Qué denota civilización en un pueblo? Su teoría económica, su crecimiento laboral, su peso internacional, su fortaleza armamentista, su industria, su comercio, su crecimiento artístico y cultural, sus tratados internacionales, su legislación, el manejo de su ciencia política y su desarrollo científico y tecnológico, entre otras.
¿Qué trae como precio lógico a pagar dicha civilización? Suicidio, racismo, xenofobia, angustia, depresión, fanatismo, intolerancia, ambición, violación, asalto, violencia, imperialismo, frialdad, soledad, pérdida de identidad como pueblo, olvido del origen común, estratificación social e importantes desequilibrios en la escala de valores. Paradójicamente, todos los conceptos opuestos a los que supuestamente la civilización pretendiera englobar y representar. A mayor crecimiento de la masa social, menor control se puede mantener sobre la misma. El sistema pierde su equilibrio en un momento dado.
Remontémonos a la Antigua Roma. Nos encontramos ante una civilización que forjó las bases del derecho actual, que se distinguió por su avanzado sistema político, sus servicios públicos, su gobierno, su arquitectura. Una civilización donde las ciencias se unificaron para impulsarla como dueña del máximo poderío económico y, desde luego, militar de su época. Pero también vemos un pueblo que con el paso del tiempo se convirtió en el centro mundial de los vicios. Personas que hicieron de los misterios antiguos nada más que salvajes orgías sin sentido. Un pueblo que fue devorado por el poder, y esclavizó y destruyó las culturas más sabias. Centuriones que asesinan a los grandes filósofos, como Arquímedes, sólo por ignorancia. Vemos a los gobernantes controlar al pueblo con sobornos, y con un Coliseo en el que todos podían gritar y aplaudir mientras los leones devoraban al esclavo. El mismo pueblo se volvió desalmado, y exigía a sus emperadores más territorios, más guerras, más riquezas, sólo para demostrarse a sí mismos que dominaban el mundo conocido.
¿Nos suena familiar? ¿No es lo que sucede con el pueblo norteamericano, que sólo vive orgulloso de sus guerras y su poder económico? ¿Qué otra cosa podíamos esperar para el futuro de un país, donde su propia bandera puede ser utilizada para limpiarse los pies o hacer ropa interior; donde el día en que festejan su independencia se dan asesinatos múltiples y se queman por diversión sus símbolos nacionales; donde una familia de color despierta con una cruz en llamas en su jardín, o donde un grupo de “Panteras Negras” ataca a niños de tez blanca o latina sólo por rencor? ¿Un país donde se tortura y explota física y psicológicamente a los inmigrantes sólo para abusar de su necesidad económica? ¿Un país donde hay una violación cada 5 minutos, y un suicidio cada 3? ¿Un país donde la globalización y el imperialismo han logrado que la gente valore el dinero y el poder sobre cualquier cosa; donde la moral decae ante las comodidades día con día, donde no existe—y difícilmente existirá—unidad como pueblo? ¿De un país donde, tristemente, la democracia dirigida nunca va a resolver la falta de identidad y el olvido que sufren miles de individuos desde la infancia; donde todo se convierte en control o competencia? Pero creo que aún no he dejado claro mi punto al tratar de entrelazar sociedades y entropía.
Entropía y civilización. Principio de desorden latente, guardado en el seno de los sistemas más estructurados de la sociedad.
Regresemos nuevamente con nuestra memoria hacia aquellos momentos e imágenes del once de Septiembre de 2001. ¿Calificamos como horrible un atentado terrorista de la naturaleza del que sufrió nuestro vecino del norte? Indudablemente. Nada justifica una conducta tan reprensible, intolerante y fanática. Nada valdrá nunca lo suficiente como para sacrificar miles de vidas inocentes, se trate de un ataque externo o –como se manejó después— de un autoataque premeditado con el fin de desatar las pasiones del pueblo en pro de un gobierno Republicano dominante y dogmático. No existen actos más cobardes en la historia como lo son los creados por las mentes del terrorismo. Pero no olvidemos que los gobernantes de los Estados Unidos han realizado –y continúan realizando— a lo largo de su historia acciones similares en regiones como Irak, Irán, Afganistán, Hiroshima y otras tantas que se han visto atacadas de manera inesperada, y por motivos injustificables. Y es en este punto donde nos preguntamos: ¿Fuimos acaso, o seguimos siendo testigos del cumplimiento de la Ley del Talión? ¿O ya olvidamos que Bin Ladin fue el líder de la resistencia Afgana que obtuvo el total apoyo militar y económico de los Estados Unidos durante la lucha contra la invasión de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, en una época sumergida en la guerra fría, a mediados de los años ochentas?
Como vemos, los grupos humanos, como todos los conjuntos de elementos, como todos los sistemas, mantienen guardada una tendencia a la entropía. Mientras mayor sea el grado de civilización que alcancen, con mayor frecuencia se seguirán sacrificando unas bases por otras, hasta que sea el propio caos interior lo que derrumbe los cientos o miles de años de esfuerzo y trabajo. Pero insisto, no significa que esto sea malo. Todo en el universo sigue ciclos que deben cumplirse. Y los grupos humanos deben cumplir los caminos de la evolución que sus propias decisiones han trazado. Recordemos lo que sabiamente cita el texto Hermético del Kybalión en su Principio de Causalidad: Toda causa tiene su efecto, todo efecto tiene una causa que lo antecede.
Así, con una depleción moral de esta naturaleza, con esa pérdida de identidad nacional, con una economía en recesión y con el primer acto terrorista en su territorio, vemos todavía en la cara de sorpresa y en las actitudes políticas cada vez más agresivas de los Estados Unidos que ningún Goliat es invencible.
Prestemos atención; seamos observadores y aprendamos de los errores ajenos. Ahora la Comunidad Europea, China, la India, Brasil y Japón están despegando en esa carrera inevitable del despunte de las civilizaciones, mientras que muchos expertos a lo largo de todo el mundo coinciden en afirmar que Estados Unidos está viviendo sus últimos momentos como la Nación Hegemónica, Imperialista, Impositiva y Totipotencial que conocemos, hija ùnica de aquella multicitada Doctrina Monroe—que tan destructiva huella ha dejado a su paso a través de casi toda nuestra América Latina—.
Los ejemplos están sobre la mesa, y tal vez, sólo tal vez, la entropía esté comenzando a manifestarse. Quizás con su inagotable cacería de culpables y de enemigos ideológicos—entre los que ahora se encuentran también Naciones como Venezuela, Cuba, Bolivia, Irán y Palestina—, la poderosa civilización norteamericana esté dando el primer paso hacia su caída, la cual, no importa que sea en uno o cien años, indudablemente llegará.